Instituto de Indología

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Literatura

La modernidad, la literatura y la sociedad india actual (Shyama Prasad Ganguly)

LA MODERNIDAD, LA LITERATURA

Y LA SOCIEDAD INDIA ACTUAL

 

Shyama Prasad Ganguly

 

 

Debo aclarar, ante todo, que la complejidad del tema que pretendo desarrollar exige la preparación de un super-especialista interdisciplinario en el tema de la indología. No quiero que se tenga tal impresión acerca de mi propia formación. En cuanto a temas indios, mi credibilidad no rebasa el límite que pretenda tener un ávido de las obras literarias indias y un observador interesado en la situación multicultural de la sociedad de su propio país, así como en las maneras en que aquellas quedan construidas desde perspectivas ajenas, es decir, desde el punto de vista de su recepción por parte de otras culturas. Este último es el tipo de trabajo que realizo como hispanista.

Con esta identidad me he acercado a algunas narraciones contemporáneas que emergen del complejísimo contexto multicultural que es la India. Las narraciones emergen de esta cultura y también construyen esta cultura. Dicha relación simbiótica manifiesta un discurso literario al que podemos llamar ‘indio’, a pesar de que haya diversas literaturas vernáculas.

Me voy a centrar en dos propuestas que salen de la intelección duradera de dos grupos de críticos literarios. El primer grupo resalta cómo los distintos autores indios se han empeñado en explorar una India diversa compuesta por razas, civilizaciones, regiones, religiones y lenguas, y cómo el descubrimiento de una parte lleva a la exploración de las demás. La literatura, para ellos, representa a hombres y mujeres concretos y a regiones conocidas que constantemente se dirigen más allá de sus límites hacia una entidad que se llama Bháratvarsha, el nombre antiguo de la India. Pero hay otro grupo igualmente ruidoso que hace hincapié en la incapacidad de la literatura actual de la India, especialmente en el género de la novela, de no poder salir de la mentalidad colonizada, o sea, en la ambivalente actitud actual de no seguir la militancia de la descolonización que se advirtió en los escritores anteriores a la independencia. Este grupo, dominado por la sensibilidad izquierdista, resalta, con un profundo sentido de angustia, el estado rezagado de la literatura india, en comparación con las literaturas de África y la América hispánica, aunque detecta la búsqueda o, mejor dicho, la crisis de la identidad como el tema central de la literatura seria actual de la India.

Podemos afirmar que las preocupaciones por los temas, formas y cambios, se reflejan de manera bastante similar en todos los idiomas de la India, cuyos pueblos tuvieron que enfrentarse a los mismos retos históricos y se vieron obligados a reaccionar de manera similar ante estos acontecimientos históricos, políticos y sociales. Por tanto, más que poner el acento en la variedad, quisiera enfocar o, mejor dicho, reconocer la problemática de la identidad india en el contexto multidimensional de la escena literaria del país. En ese sentido, la literatura que surge de la India no es la suma de las varias literaturas vernáculas, sino que se trata de una literatura común con diversas manifestaciones. Uno de los mejores creadores literarios de la India, Urna Shanker Joshi, ha dicho, con toda razón, que él es un escritor indio que usa la lengua gujaratí. Lo más importante es la cuestión de perspectiva. Se trata de una posible uniformidad del trasfondo a manera de un espíritu común que puede surgir de la mitología, del folclore y de la historia misma de estos pueblos.

Sería enormemente ambicioso tratar de la literatura en general. Con el fin de justificar el título, vamos a limitarnos tan sólo a la manifestación narrativa y a ver cómo este género trata el problema la cuestión de la identidad dentro del gran continente de la literatura. De todos modos, en nuestra opinión no existe una finalidad definitiva en cuanto a las divisiones en géneros. El espíritu creativo del hombre puede expresarse tanto por medio de la poesía como por la ficción o el teatro. La forma y la técnica son tan sólo medios de expresión y comunicación, pero lo fundamental es el pensamiento que se manifiesta y penetra en todos los géneros. Nuestra evaluación se dirige a una aproximación a la misión del novelista indio en los contextos cambiantes de la historia de la novela. Por supuesto, nos centramos únicamente en los trabajos serios donde la construcción de la narrativa y de la cultura se apoyan mutuamente y no nos fijamos en esa serie comercial que ha hecho del escritor un negociante al crear prototipos de ficción en volúmenes frente al mercado creciente de este género popular.

El desarrollo de la narrativa india en su totalidad podría dividirse en tres etapas: a) el romance histórico; b) el realismo socio-político; c) las novelas psicológicas, con introspección de la individualidad del ser. No nos interesan aquí los nombres de escritores importantes, pues luego escogeremos ejemplos de algunos argumentos para examinar la problemática general de la identidad. En principio, cabe destacar que las novelas de la primera categoría, es decir el romance histórico, pueden atribuirse al despertar del espíritu del nacionalismo en la India. Durante el colonialismo británico, la forma más segura del patriotismo a disposición del indio era la celebración de la gloria pasada. Con el tiempo, el espíritu del nacionalismo tomó cada vez más fuerza. Los novelistas ya no querían situara sus protagonistas en un pasado lejano, sino en las luchas y contiendas contemporáneas. Hasta las novelas puramente dedicadas a las reformas sociales se inspiraron en la política nacional, ya que cualquier deseo de mejorar la situación de las masas se relacionaba con la independencia política. La preocupación por la patria era evidente, aunque el entusiasmo cristalizó, necesariamente, en una literatura de valor permanente.

Durante toda la época colonial, desde el comienzo de la imprenta, las diversas literaturas indias se empeñaron en buscar la modernidad, lo cual se acentuó cada vez más por el contacto con las literaturas occidentales. Pero, como señala el crítico Sisir Kumar Das, “es necesario afirmar que los acercamientos occidentales a la modernidad, tanto como una categoría de periodicidad o una experiencia social particular, o como una actitud hacia el pasado, no pueden ser aplicados mecánicamente a la situación india, ni mucho menos”. En el caso de la India, la ádhunikata o “modernidad” surgió como consecuencia de una obligación interna de la comunidad literaria de crear una alternativa a los modelos y cánones literarios que habían dominado durante siglos. Sin embargo, esta necesidad sufrió un impulso por la influencia de modelos occidentales, lo cual se volvió sinónimo de occidentalización. La formación inglesa (y la reivindicación de nuevos conceptos) trajo, por supuesto, la consecuencia de la impresión de su superioridad sobre los sistemas indígenas y, por lo tanto, sobre las literaturas regionales y los modelos clásicos. En este sentido, muchos historiadores literarios han usado el concepto de la modernidad tanto para definir un período en el tiempo como para manifestar una nueva experiencia.

Cuando se habla de la modernidad, no sólo nos referimos al avance tecnológico (la imprenta) que tuvo lugar en la relación entre el escritor, el lector y el intermediario, sino también en el cambio de temas y géneros en cuanto al entorno total del hombre común. Por eso, la modernidad, en el contexto de la India, debe definirse como una experiencia y un proyecto, que no necesariamente forma parte de la modernidad occidental en el sentido de la innovación formal o genérica. La modernidad europea evolucionó a través de varias etapas, incluyendo la revolución francesa y la industrial, que abrieron nuevos horizontes y expectativas. Por lo tanto, se identificó la novedad de una era. En cambio, en nuestro contexto, la conciencia literaria nunca reclamó la superioridad del presente sobre el pasado. No había ocasión de rechazar la cultura oficial, tal y como, por ejemplo, se puede aplicar en el caso de la modernidad estética de Baudelaire.

Una de las consecuencias del nuevo sistema educativo era el presentar una visión bastante limitada de la literatura y de las artes europeas, siendo el mundo anglosajón su foco casi exclusivo, que muy pronto se convirtió en objeto de imitación. El gran escritor Bankim Chandra Chatterjee consideró la imitación como proceso importante en el desarrollo literario. Por supuesto, entendió la imitación como una respuesta a lo otro, que era un proceso necesario e imprescindible en todas las literaturas. Pero esa imitación, como indicador parcial de la modernidad, nunca supuso la desaparición del orgullo por el propio pasado. No podemos olvidar que la colonización conllevó el otro proceso de la construcción de la imagen espiritualista de la India, a la vez que los escritores indios también construyeron estereotipos occidentales, aunque, por ser un pueblo colonizado, este último proceso resultó limitado y fragmentado. Pero ambos espacios se consideraban mutuamente en contraste, debido a que el mundo de la civilización oriental se encuentra en continuos conflictos y contradicciones, como resultado de la confrontación con la modernidad occidental impuesta. Los escritos finiseculares y de los primeros años del siglo veinte están llenos de intentos de comprender las diferencias entre los dos espacios.

El Mahatma Gandhi calificó la experiencia del encuentro de la India con el Occidente como algo extraño. Esa extrañeza consistía en una atracción desmesurada por las ideas europeas. Por eso la occidentalización fue aceptada como modernización de nuestra vida política y social. Citando a Das de nuevo, la modernidad en la literatura «como experiencia y como proyecto surge de la tensión continua, en vez de la síntesis, entre estos dos mundos, más o menos identificados como opuestos». No sólo se toman de Europa ¡os modelos para los distintos géneros literarios, sino también la noción de que los debates en torno a la autoridad social y la libertad individual, así como el reino de lo privado y lo público (el sexo y la moral por ejemplo), el mito y la historia, que caracterizan a la literatura colonial india, están controlados por nuestra percepción y comprensión de la diferencia entre las civilizaciones india y europea. Esto acentúa muchas dicotomías en cuanto a haces temáticos como lo rural y lo urbano, la espontaneidad natural y la artificiosidad ciudadana, etc., que muy a menudo adquirían características políticas con la aparición de Gandhi.

Una de las tendencias fundamentales de esa modernidad se manifestó en la creciente expresión de lo personal y lo privado en medio de la representación del pensamiento comunitario de la vida india. Por un lado, la creciente urbanización parecía como una amenaza a la cultura india, de la que se acordaba con nostalgia un grupo de escritores. Otro grupo consideraba a la sociedad rural como el centro de la vida india con sus cualidades morales duraderas. Asimismo cobró importancia la grandeza del espacio y la amplitud de las emociones humanas junto con una percepción del tiempo que daba a la narrativa la cualidad de la inmensidad. De esta manera se produjo un florecimiento de las novelas locales. Es de notar que, dentro de este contexto, surgió con bastante fuerza el tema de las mujeres y las clases marginadas. Los signos de cambio de un humanismo liberal a un feminismo arraigado en la ideología definida son muy claros durante la primera cuarta parte del siglo veinte. Pero los primeros grandes escritores, como Tagore, Sharat Chandra y Chalam, formularon temas femeninos más intrincados y problemáticos, en comparación a la imagen prevaleciente anterior de la mujer, que siempre ha sido considerada en su papel de madre y protectora de los valores inmutables. Asimismo se nota la formación de un discurso literario sobre las castas, lo cual, a su vez, fortaleció los movimientos sociales relacionados con el auge de las reivindicaciones de los oprimidos. Qué duda cabe que esto se convirtió en la nueva área de experiencia temática, tanto de una consciencia social como de un deseo romántico de algo poco familiar.

Desde los años tempranos de este siglo, el tema de los marginados dentro de ¡a realidad social india fue, en la novela, objeto de exploración, pues los autores, inspirados en la ideología de Gandhi, comenzaron a indagar profundamente en el problema de la pobreza, la justicia y la explotación. Entre estos autores destacan Premchand, Mulk Raj Anand, Tara Shanker Bandopadhayay, Gopinath Mohanty, etc. Por otro lado, este mismo tema inspiró a varios otros escritores que encontraron su fuente de esperanza en la ideología marxista. Y entre estos últimos figuran nombres destacados como Shiv Shanker Pillai, Keshav Dutt Dev, Sant Singh Sekhon, Yash Pal, Manik Bandopadhyay, K. A. Abbas, etc. Este enfoque anunció la aparición de protagonistas que nada tenían que ver con la condición aristocrática de los personajes de muchos escritores anteriores. Ahora aparecen protagonistas de clase media, el hombre común, el trabajador. Sisir Kumar Das llama a esta historia de la transición «un viaje del héroe al anti—héroe». Igual que el reto del discurso poético de los poetas modernos a la estética poética anterior al introducir la fealdad como zona de experiencia poética, separada eternamente de la belleza, los novelistas y dramaturgos introdujeron una nueva poética de la narrativa. Pero esta vulgarización de los protagonistas mantuvo la experimentación con personajes románticos y sofisticados, creados por otros escritores, lo cual fascinaba a los lectores jóvenes. De esta manera, salieron de la pluma de escritores como Manindra Lal Basu, N. S. Fadke, V. S. Khandekar, Budh Dev Basu, etc., héroes-artistas, héroes-poetas y héroes-vagabundos y, sobre todo, héroes-idealistas.

Asimismo, aparece la protagonista femenina homologa, pero siempre con mayor implicación en los aspectos emocionales de las relaciones domésticas, aunque Tagore y Sharat Chandra ya habían presentado una nueva heroína que mostraba la valentía de salir de los lindes de su estado civil. Sin embargo, la figura de la madre siguió manteniendo su presencia poderosa en la literatura india. En cambio, no es fácil encontrar una figura homologa patriarcal. De hecho, la literatura india siempre ha desarrollado un arquetipo masculino en forma de un maestro o gurú polifacético y reformador social, el que resumía todos estos valores morales del hombre por el que Gandhi tanto abogó. Quizá ésta fue la razón por la que muchos de los renombrados escritores se mostraron ambivalentes al crear protagonistas masculinos con el estímulo ético poderoso gandhiano, aunque su estatura de héroe cultural tocó la sensibilidad de varios escritores. Es curioso que cobre importancia también el personaje del villano en muchas narraciones regionales, aunque su linaje se remonte a arquetipos míticos; pero ahora es el villano urbano un hombre de negocios, un oficial de policía o un propietario de alguna plantación de té, que se convierte en el representante antagónico de las fuerzas sociales. Todos estos representantes de la sociedad son personajes de la narrativa contemporánea. Según el primer grupo de críticos literarios al que hicimos mención al comienzo, nuestros escritores han podido conseguir crear el mundo maravilloso de complejidad a través de la representación de todos estos personajes.

Téngase en cuenta que tanto los lectores como los escritores, en su abrumadora mayoría, se limitan a la clase media, pero ambos están continuamente explorando el mundo que existe más allá de sus fronteras familiares. Hay una búsqueda del hombre o mujer oculto, del alma callada. Por eso, la imagen de la India construida por el escritor es un espacio que acomoda varias identidades, tanto regionales como lingüísticas. De ahí la creencia de que el escritor contemporáneo ha podido neutralizar las dicotomías o estructuras de oposición entre elementos contrarios (región-nación, nacionalismo-internacionalismo, religión-humanismo), y ha creado con estos elementos una estructura en donde pueden existir armónicamente. Estos críticos creen que los escritores han podido definir el territorio de India no tanto en términos de fronteras políticas como en referencia a la mitología, la historia, la poesía y el arte. Esto no excluye que la imagen de la India fuera amenazada, de vez en cuando, por distintas fuerzas representantes de identidades lingüísticas, de la singularidad cultural y del patriotismo religioso. Según Sisir Kumar Das, la identidad individual y la imagen de India son dos preocupaciones dominantes en este período.

Antes de contrastar los argumentos de algunas obras más representativas que abarcan la problematización de la sociedad actual, debemos hacer unas cuantas observaciones sobre la percepción del segundo grupo de críticos, que advierten en los escritores contemporáneos la lamentable debilitación y el descuido de la mentalidad militante descolonizadora de los escritores pre—independentistas. Se cree que la literatura india, y muy en especial el género narrativo, anda lo bastante dispersa como para identificarse con rasgos propios. La situación se complica por el acento comercial internacional en las obras escritas en inglés. Este grupo de críticos cree que, aunque el nacionalismo tenga sus peligros, no puede quedarse como una fuerza disipada, porque existe el imperialismo en nuevas formas. Según Namwar Singh, crítico marxista, quizá «en algún lugar en el seno de la sensibilidad hemos llegado a un compromiso con el imperialismo». La fragmentación ha sustituido al nacionalismo anterior. Para Singh, esta fragmentación se representa expresamente en las dos actitudes intelectuales concernientes a la identidad india producidas a raíz de la experiencia de la división del territorio indio en dos épocas distintas. La división de Bengala en 1905 fue considerada como Banga-Bhanga, que evocaba la asonancia con Ang-Bhanga, una desmembración, mientras que la muy posterior partición del país no producía ese tipo de resonancia. Aquel produjo el movimiento Swadeshi en oposición a la división de Bengala, mientras que la gran partición de 1947 ha dejado al país más fragmentado. Ambos eventos socio-políticos se relacionan con la búsqueda de la identidad. El primer acontecimiento sirvió de antecedente para la gran novela de Tagore, Gora (1910),en la que el protagonista, Gaur Mohán, descubre que él no es un hinduista de nacimiento y su humanización se manifiesta al convertirse él en un indio a través de un bautismo de fuego. Esa misma humanización del protagonista también es tema de la gran obra de Anantha Murthy, Samskara (1965), en la que el héroe, Praneshacharya, también representa una alegoría nacional, a través de otro tipo de bautismo de fuego, al romper los tabúes sociales mediante su contacto físico con una chica intocable. Anantha Murthy considera este acto de un ácharya, hombre puro de alta casta, como productor de “una lucidez en el pensamiento de que era ahora un hombre libre, aliviado de su responsabilidad de dirigir el camino, aliviado de toda autoridad”, su primera lección de humildad. Este hombre representa el quehacer del hombre moderno de la ficción que quiere olvidar todas las palabras aprendidas de memoria, para que «el corazón pueda fluir libre como el de un niño». Aunque en la obra de Tagore, el protagonista siente su liberación al perder el temor de que pueda ser contaminado, ya que se da cuenta de que no pertenece a la casta superior, el sentido de liberación del protagonista de Samskara es más sumiso, incluso subrayado por un discurso existencialista sartriano. Pero en ambas novelas hay una vuelta al pasado de la India, aunque, para Anantha Murthy, como dice Namwar Singh, este pasado no es algo para ser contemplado, sino simplemente para ser sentido y al que quiere arrancar de raíz. Este es el indianismo nuevo de la sociedad actual que gusta al lector de toda procedencia, y más especialmente al extranjero. Los críticos nacionalistas, sin embargo, añoran el tono swadeshi, es decir, nacionalista, de Gora, que no busca la evaluación y el visto bueno de la opinión extranjera, tal y como lo buscan muchos escritores indios al forzar las pruebas de su indianismo ante los críticos occidentales con esos temas que siempre posibilitan que la cultura india pueda ser considerada como contraste con Occidente, como el otro, como la literatura del “tercer mundo”.

Al mismo tiempo, existe un esfuerzo de muchos escritores, especialmente los que escriben en inglés, por probar que han abandonado la tradición de la novela realista europea y están construyendo un estilo narrativo indio nuevo e indígena, basado en los antiguos cuentos y narraciones de la India, para que éstos puedan parecer exóticas a los occidentales, para que así sean objetos de su interés especial. Críticos como Namwar Singh señalan el peligro de que las novelas indias en inglés hoy puedan parecer más «indias» que las novelas en lengua regional. Acaso sea este un signo del enredo de la colonización mental. Algunos intelectuales ven la salida de esta embestida de colonización como un intento de redescubrir el pasado, es decir, la reconstrucción del pasado como tema fundamental. Sólo así la nación podrá representar a la totalidad de las comunidades que la habitan, sin hacer que el marginado dalit continúe sacrificando su identidad por la identidad de la nación apropiada por la avanzadilla cultural y literaria del país después de la independencia. Sería necesario que el escritor moderno se hiciera estas preguntas para situar las cosas en cierta perspectiva real. Quizá esta introspección sea de tanta trascendencia como la introspección del individuo o ser contemporáneo urbano, que se evidencia en muchas de las novelas, digamos psicológicas modernas, aunque esta vertiente no es tan fácilmente discernible en su forma pura, salvo en la novela anglo—india (por ejemplo: The Strange Case of Billy Biswas, de Arun Joshi, Tiger’s Daughter de Bharti Mukherjee, Cat and Shakespeare de G. Nair, etc.). Una cosa es cierta: en la abrumadora mayoría de la creación narrativa, de alguna manera, entra la problemática de la identidad del ser en el específico contexto del espacio y tiempo indios, aunque en los últimos años este aspecto aparezca con menos sentido concreto y de manera más ambivalente.

Para examinar la relación o la interacción entre la comunidad real y su construcción, debemos remitirnos ahora a algunos ejemplos concretos, para ver cómo la cuestión de la identidad nacional, tratada tan unitariamente en novelas anteriores, queda ahora reestructurada y aun subvertida por su pluralidad y especificidad, que señala un deseo de liberarse de la necesidad de construir una comunidad homogeneizada. Esta situación, que los críticos describen como postcolonial para los textos en inglés, asume otras formas de conflictos locales para las novelas escritas en otros idiomas. Para no extendernos demasiado, consideremos el ejemplo de cuatro novelas, además de las dos ya citadas anteriormente, las de Tagore y Anantha Murthy, a fin de reflexionar sobre el cambio en la actitud hacia el tema de la relación entre la identidad nacional y su construcción literaria. Esta selección de novelas es un poco arbitraria, pero creemos que expresa una parte con la que entender el todo. La primera se titula Jagari (El desvelo), escrita en 1946 por Shatinath Bhaduri en bengalí. Otras dos son Maila Anchal (La frontera manchada, 1954), de Fanishwar Nath Renu, y Raag Darbari (1968), de Sri Lal Shukla, ambas en hindi. Y la cuarta es Shadow Lines, de Amitav Ghose, escrita en inglés (1988). También nos referiremos a otra novela en bengalí de Sunil Gangopadhayay, que se titula Jochchana Kumari (1988). Debo reconocer que esta yuxtaposición sigue el modelo sugerido por la conocida crítica literaria Meenakshi Mukherjee. Me hubiera gustado integrar la narrativa de Mahasweta Devi, que ejemplifica la vertiente indigenista al situar los contextos novelescos en la realidad tribal, pero lo dejo para otra ocasión, pues así evito poner más énfasis en la novelística india en bengalí.

En la novela Jagari la tensión del argumento se desarrolla a base de un conflicto entre dos ideologías representadas por dos hijos, cuyo izquierdismo discrepa mucho del padre de ellos, que es gandhiano, mientras que todos se encuentran involucrados en el movimiento nacional, incluida la madre, que nunca aprendió a hacer discursos. Pero el rumbo de cada uno es distinto y los personajes se encuentran envueltos en detalles cotidianos e incidentes triviales. Esto hace que el temas nacional en la narrativa quede relegado a una posición confusa. El hijo mayor sufre la condena a muerte por acusación del hijo menor y toda la novela es la descripción del desvelo de los cuatro personajes en la noche anterior a la ejecución. El condenado no se lamenta de que no vaya a estar vivo para ver al país libre, sino porque no será recordado. Cuando el hijo menor trata de justificar su traición a su hermano, debido a diferencias ideológicas, su retórica refleja una falsedad patente. Nada es sagrado. El joven, para molestar a su padre, recordemos que es gandhiano, mata chinches, y con la sangre escribe “Ahinsa parmo dharma” es decir: “La no-violencia es la suprema religión”. ¡Qué paradoja, qué ironía! En el argumento, la madre militante y protectora acaba rechazando que su hijo se case con una joven de otra región lingüística, porque considera insuperable la barrera de dos culturas.

El trasfondo de Maila Anchal justamente se refiere al día de la independencia, pero su trascendencia está en que el pueblo de Maryganj quedará dividido en dos mitades: una se quedará en India y la otra pasará a pertenecer al Pakistán. La realidad del swaraj, es decir, la independencia, para Maryganj se convierte en algo tan trivial como la división de un bien o producto que se divide en dos partes iguales entre los hermanos, hindúes y musulmanes. El discurso serio sobre el nacionalismo de un período anterior queda transformado aquí en una comedia. Las emotivas palabras de los luchadores anteriores quedan casi como un eco vacío en las palabras de los políticos manipuladores. El protagonista, Prashant, que es médico, abandona su profesión en el espacio urbano para ser de algún uso en su pueblo, pero pronto descubre la brecha entre la imaginación «mítica y mito—poética» del campesino y la visión del ciudadano urbano, un tanto moldeado por la percepción occidental. Notamos que el vacío entre la inteligentsia urbana y la masa rural del cual Tagore se lamentaba en Gora, se mantiene en pie. La política queda manipulada por la intrincada ecuación de gente en el poder entre las castas (rajput, yadav, kaesthas) en la que los brahmines desempeñan un papel de equilibrio.

En la novela de Shukla, Rag Darbari, el protagonista, Ranganath, un intelectual de Delhi, se desplaza a la aldea complejísima de Shivpalganj, que está al borde de la ciudad más allá de la cual surge “el océano de la India rural”. En este espacio intermedio de la India existen numerosas facciones que imposibilitan una esquematización y no permiten la identificación de la retórica de la unidad nacional, que queda rebajada en un intenso lenguaje de irreverencia, tal y como lo descubre Ranganath, quien, al final, se vuelve a Delhi para terminar su doctorado.

Estas tres novelas, con raíces políticas, no son idénticas en su forma, pero los escritores entran en el complicado mundo de las políticas cínicas y la fragmentación social que ven desarrollarse en la India post-independiente. Como dice Meenakshi Mukherjee, estas novelas convierten al espectador rural-urbano en una figura un tanto cómica e inocente, mientras que su verdadera complejidad es percibida como un aspecto de la vida rural de la India. La apertura que permite la ventana rural se convierte en fuente de revelación para todos estos protagonistas, incluido el de Tagore en Gora. Todos descubren que la religión, en vez de ser una fe sostenida, se reduce a presiones que dividen y a rituales rígidos, y que la comunidad orgánica es un sueño romántico imposible. De esta manera, los reclamos que crean rivalidad, como los de clase, casta, de carácter étnico, de lenguaje y religión sobre el asunto político de la India, continúan problematizando la cuestión de la identidad, tanto comunitaria como individual. Es curioso que muchos de estos protagonistas proceden de identidades dudosas. Gora descubrió su parentesco irlandés. Prashant, el médico de Maila Anchal, se da cuenta de las circunstancias accidentales de su nacimiento y adopción. Acaso sea ésta una estrategia narrativa para evitar las presiones de raza, clase, casta y religión. Y aun así no representan la totalidad de los impulsos que genera la narrativa de ahora. Por supuesto, se han disuelto algunas de las oposiciones binarias tal y como se veían en las obras de ficción indias anteriores (por ejemplo el colonialismo y el nacionalismo). La novela escrita en inglés Shadow Lines (Líneas sombreadas) de Amitav Ghosh, pretende eludir estos límites nacionales, que según él, constituyen una línea divisoria, arbitraria. Una de sus protagonistas imaginaba una larga línea negra entre las dos partes de Bengala como existe en los atlas. Los tres países se encuentran entrelazados y no es sorprendente que, aparte de la India y Bangladesh, el tercer espacio sea Inglaterra. Aquí la vida y la muerte de unos y otros están entretejidas por religiones y nacionalidades múltiples, buscando todos la vida comunitaria, sin izar la bandera divisoria de idiomas y lealtades dentro de una ordenada frontera nacional. No estoy muy seguro de que esa visión del espacio global sea la última respuesta que condicione la definición de nuestra cultura y su relación simbiótica con la construcción narrativa de ella. Quizá esto aparezca como una tercera posibilidad para un escritor que escribe en inglés. Pero quisiera terminar diciendo que, incluso en una obra reciente en bengalí que se titula Jochchana Kumari, se hace una profunda reflexión sobre la perplejidad de las ilusorias líneas separadoras de comunidades y países. Basada en una leyenda rural, es la historia folclórica de una joven que siempre llora debajo de un árbol y que desaparece justo en el momento en que alguien la ve. Pronto se transforma en una mujer violada en un terreno situado en la frontera entre la India y Bangladesh. Las fuerzas de seguridad de los dos países discuten sobre su identidad. A veces es considerada normal; otras veces, loca. Para unos es hindú, y otros la consideran musulmana. Finalmente, la joven es asesinada y, por alguna coincidencia, el cuerpo cae, con una lógica de historia folclórica verdadera, exactamente en medio de la línea fronteriza nacional. Mientras se pelean sobre la propiedad del cadáver, el cuerpo femenino se hace radiante y entero y, como la mujer de la leyenda, desaparece en el aire. Algún crítico diría que es la solución del realismo mágico de García Márquez, pero, para nosotros, los que vivimos en nuestro mundo igualmente maravilloso por su diversidad, el acto narrativo propone el paradigma del pensamiento nuestro, donde lo oral y lo escrito, lo mimético y lo mágico se mezclan fácilmente. ¡Qué lejos estamos de las narrativas totalizadoras del nacionalismo territorial y las dicotomías absolutas y certeras de las décadas anteriores! Quizá un poco más de fantasía e irrealismo pueda expresar coherentemente el espacio diverso que son nuestras culturas. En su ausencia, cada fragmento de la sociedad nuestra busca su propio cuento en donde vivir. Y, para evitar las angustias y conflictos que este modo vivencial pueda producir, sería apto explorar y descubrir, por parte de cada uno, el porqué del cuento de lo otro.

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