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Literatura

Pasolini y Moravia: visiones de la India (Pedro Carrero Eras)

PASOLINI Y MORAVIA: VISIONES DE LA INDIA

Pedro Carrero Eras

 

 

 

Un viaje conjunto y dos libros diferentes

En 1961, dos escritores italianos de primera fila, Pier Paolo Pasolini y Alberto Moravia, realizaron juntos un viaje a la India que duró alrededor de un mes y medio. Parten de Italia hacia el 31 de diciembre de 1960. La mujer de Moravia, la también escritora Elsa Morante, se les une en ese viaje el 16 de enero de 1961, probablemente en Calcuta.

El motivo de este viaje fue debido, en principio, a la invitación para participar en Bombay en un congreso conmemorativo del centenario del nacimiento de Rabindranath Tagore. Naturalmente, la estancia en la India de los dos escritores no se circunscribe sólo a esa ciudad, pues ya en una pausa del citado congreso viajan en avión a Aurangabad. Finalizado el congreso, las etapas de su recorrido son las siguientes: Nueva Delhi —donde son recibidos por Nehru—, Agra, Gwalior, Khajuraho, Chattarpur, Allahbad, Benarés, Calcuta, Hayderabad (probablemente), Madras, Madurai, Mamallapuram, Pondichery, Tanjore, Tekkadi, Cochin, para terminar en Bombay, donde había comenzado el viaje.

De ese viaje nacen dos libros, cada uno con su sello y su diferente y, a veces, coincidente, visión de la India. Alberto Moravia publica en 1962 Un idea dell India. También ese mismo año sale a la luz L‘odore dell India, de Pier Paolo Pasolini. El libro de Moravia reúne artículos publicados todos ellos —menos uno— en el periódico de Milán Corriere della sera, entre el 19 de febrero de 1961 y el 30 de julio de ese mismo año. Dichos artículos, con su mismo título —sólo en un caso lo cambia—, más una especie de prefacio que es una autoentrevista, son los que forman el libro, a manera de capítulos, en sucesión cronológica tal y como aparecieron en las páginas del citado rotativo mitanes.

Ninguno de los dos intelectuales italianos ofrece en cada una de sus obras nada parecido a lo que pueda ser considerado como un libro de viajes propiamente dicho, ni mucho menos una guía: no era menos de esperar. Para empezar, sus observaciones y sus vivencias no siguen obligatoriamente ni la cronología del viaje ni el itinerario que hemos mencionado anteriormente, aunque a veces, en la sucesión de los distintos capítulos, y especialmente en el libro de Pasolini, pueda darse a una correspondencia o coincidencia en ese sentido. La orientación en ambos casos es mucho más ensayística, de manera que si se habla de temas esenciales como la religión, las castas o la pobreza, pueden aparecer mencionados aspectos de cualquier localidad visitada, con independencia de la sucesión cronológica y del itinerario.

 

Dos actitudes, dos visiones de la India

Tras la lectura de los dos libros, se pone en evidencia la diferente personalidad de uno y otro autor, su peculiar forma de reelaborar intelectualmente lo observado y vivido en un país como la India, tan generador de toda clase de reacciones, reflexiones y sentimientos menos la indiferencia. Los títulos de los libros ya apuntan, significativamente, a esa diversidad de talante entre uno y otro autor: L’idea dell‘India, de Alberto Moravia, nos traslada más al plano de la objetividad y del distanciamiento, mientras que L’odore dell’India, de Pier Paolo Pasolini, nos sitúa en una dimensión más visceral y subjetiva, donde tiene cabida el sentimiento. Ello no significa que no exista reflexión intelectual y objetividad en Pasolini, pues las hay y en muy alto grado, pero siempre, a diferencia de su colega, matizadas por un tono de modestia y de cierta inseguridad, como quien se enfrenta con algo gigantesco y misterioso de difícil comprensión. También Pasolini sucumbe a la tentación del reduccionismo y de la síntesis para explicar determinados aspectos de la realidad de la India, actitud muy humana que sin duda afecta a todo viajero, pero en su libro, afirme lo que afirme, siempre se percibe detrás la figura —o, mejor dicho, la sombra— de un ser inquieto y atormentado.

Tonino Tornitore, en su introducción a la citada edición de Un 'idea del India, ya señala la diferencia que existe entre la percepción de la India en Moravia y la visión que sobre este país ofrece Pasolini: “Mientras que Moravia afirma, y no puede ser de otra manera [...], Pasolini, cuando quiere lanzar una hipótesis, es siempre cauto, dubitativo”. Más adelante señala que Moravia tiende a aislar un determinado momento de la compleja y contradictoria realidad de la India haciendo de ella un esquema de interpretación, mientras que Pasolini suele reducir esta realidad conforme a la medida de sí mismo, de sus pasiones, de sus vicios literarios y de sus propios mitos intelectuales y morales.

Efectivamente, el primer rasgo que llama la atención es que el “yo” está más presente en el libro de Pasolini que en el de Moravia. Pero ese “yo” en Pasolini no es sólo un mero recurso narrativo, sino también el vehículo mediante el cual el autor se introduce con frecuencia emotiva y apasionadamente en la realidad que describe. Puede valer como muestra el siguiente ejemplo: nada más llegar a la India, en concreto a Bombay, y hacia la medianoche, el escritor italiano prefiere pasear que irse a dormir, y no vacila en ofrecernos esta confesión: “Son las primeras horas de mi estancia en la India y no sé dominar la bestia sedienta encerrada en mi interior, como en una jaula”. Convenzo a Moravia para que demos por lo menos unos pasos fuera del hotel” Esa bestia encerrada dentro de sí mismo cabe interpretarla como el deseo irrefrenable que domina a todo viajero cuando acaba de llegar por primera vez a un país y está ansioso por conocerlo cuanto antes. No obstante, aunque esta no va a ser, al menos por lo que en el libro figura, una noche de aventura sexual, el estremecimiento de lo premonitorio nos recorre al leer esta frase expresada en términos tan crudos.

Un segundo rasgo llama la atención del comentarista: mientras que Alberto Moravia no alude en sus escritos a sus otros compañeros de viaje, Pasolini, en cambio, sí que se refiere a Moravia desde la primera página y en numerosas ocasiones, de las que ofrezco sólo una muestra (más tarde se referirá también a Elsa Morante, cuando se les incorpore): “Convenzo a Moravia para que demos al menos unos pasos fuera del hotel”. “Moravia decide que ya es hora de estar cansados [...] con su maravilloso higienismo”; “No sé bien qué puede ser la religión hindú: leed los artículos de mi maravilloso compañero de viaje”; “mi adorable compañero de viaje»; “...los Penguinbooks han dado a Moravia tanta celebridad en la India como la que tiene en Italia”. ¿Por qué esa diferencia? ¿Poiqué Pasolini cita con frecuencia a su colega y amigo en términos de admiración y de afecto mientras que Moravia no menciona a Pasolini en ninguno de los artículos que constituyen el libro Un’idea dell’India? La explicación habrá que buscarla precisamente en el temperamento de uno y otro, sin olvidar la edad: aunque Pasolini ya es muy conocido, Moravia tiene casi veinte años más. Es casi una relación de maestro a discípulo (salvando todas las diferencias), pero si esto no bastara, está la cuestión del talante de uno y de otro: más distante y frío el de Moravia, más apasionado el de Pasolini. Este último, nos resulta más simpático y desprendido. Por alguna razón, Moravia no ha querido incluir en su visión de la India ninguna mención a Pasolini (y tampoco a Elsa Morante), como si quisiera abstraer de su interpretación cualquier circunstancia ajena al objeto estudiado o cualquier sombra de vinculación a la perspectiva de otra persona que no sean sus propias ideas.

 

Una controversia pública

En la entrevista de Renzo Paris a Alberto Moravia que figura en las ediciones citadas de los dos libros que estudiamos, y que fue hecha un año antes de la muerte de Moravia, es decir, casi treinta años después de realizado el viaje, el entrevistado —se refiere a las descripciones afectuosas que Pasolini hace de Moravia: “Pasolini te describe afectuosamente, como un viajero a lo inglés, documentadísimo, objetivo, que cuida mantener la distancia debida con el mundo que observa. ¿Te has reconocido?” Moravia responde: que no sabe lo que Pasolini piensa exactamente de él, que probablemente aprecia su vitalidad, es decir, su literatura, y que en esa vitalidad está comprendida la “distancia” a la hora de ver e interpretar la realidad de la India. Y añade que él (Moravia) no es un viajero sentimental, mientras que Pasolini prefiere la experiencia personal, privada, íntima, no necesariamente cultural.

En realidad, toda la primera parte de la entrevista, realizada, como hemos dicho, casi treinta años después del viaje, gira en torno a las discrepancias que existieron entre él y Pasolini a la hora de interpretar ya no sólo la India, sino también el llamado Tercer Mundo. Todo ello fue, tras la aparición de los dos libros, como una especie de controversia pública en Italia de la que estuvieron pendientes los lectores. Moravia resume dicha controversia así: Pasolini se lamentaba de que el Tercer Mundo se estaba industrializando y volviendo consumista, mientras que Moravia pensaba que el Tercer Mundo tenía que desaparecer y que todavía no estaba suficientemente industrializado ni era suficientemente consumista. Y ahora añade en la entrevista: “De la cultura campesina no hay que esperar ya nada bueno, por lo tanto es mejor decidirse y hacer verdaderamente la revolución industrial”. El autor de este trabajo no va a entrar en el fondo de la polémica. Basta observar los tremendos problemas actuales del llamado Tercer Mundo, casi cuarenta años después de que esos escritores vivieran su viaje a la India, para que cada uno calibre las respuestas posibles. ¿Es acertado echar por la borda, como hace Moravia, el mundo campesino, y con ello su cultura, sus tradiciones y su mundo artesanal? ¿Acierta Pasolini cuando teme los efectos de la industrialización y del subsiguiente consumismo? ¿No cabe un equilibrio entre los dos extremos?

 

Pasolini: sentimientos, visceralidad

Un ejemplo de la diferencia de talante y actitud entre los dos escritores lo vemos en el tercer capítulo de L‘odore dell’lndia, de Pasolini, el que se titula “La storia di Revi” (a secas, sin epígrafes): Revi es un niño que Pasolini conoce en Cochín, el famoso puerto de Kerala. Es el arquetipo del niño indigente, huérfano, sin familia, que duerme en los muelles y que sigue a los extranjeros, vendiéndoles alguna fruta. Así es como le conoce Pasolini, en compañía de Elsa Morante y de Moravia. Entre el niño y Pier Paolo nace una relación de simpatía, de afecto. Le espera a la salida del hotel y le acompaña en las visitas que efectúa por la ciudad y por las islas que hay enfrente del puerto. Y cuando llega la hora de separarse, se le plantea a Pasolini toda un disyuntiva emocional: ¿qué hacer con ese niño? Para el escritor “Cada vez que en la India se deja a una persona, se tiene la sensación de estar dejando a un moribundo a punto de ahogarse entre los pecios de un naufragio”. Pasolini confiesa esta desazón a Moravia y a Elsa Morante, así como su decisión de hacer algo por ese niño. Y es ahora cuando, al hablar de las reacciones de sus compañeros de viaje, Pasolini describe el carácter de Moravia en unos términos ya no tan sucintamente laudatorios como los que hemos visto arriba, pues dice así: “Moravia, con su experiencia, que se ha vuelto seca y desprovista de todo sentimentalismo desde su fondo romano y católico, virilmente me aconsejaba seguir los dictados de mi conciencia”. La expresión “que se ha vuelto seca y desprovista de todo sentimentalismo” retrata acertadamente a Moravia y marca la diferencia entre él y Pasolini a la hora de ver y vivir la India. Distinta es, en cambio, la reacción de Elsa Morante: “Elsa, en cambio, agresiva y dulce, quiso unirse a mí, atraída por el absurdo”. Sabemos que Elsa Morante discutió más de una vez con su marido durante este viaje por cuestiones parecidas —por ejemplo, sobre si se debe hacer caso o no a los mendigos, lo que suele ser siempre motivo de discusiones entre quienes viajan a la India— y no hay que olvidar que justo un año después de este viaje a la India se separaron, de ahí probablemente ese oxímoron de Pasolini cuando la define como “agresiva y dulce”, pues lo ánimos debían estar muy exaltados. El caso de Revi se resolvió encomendándoselo a un religioso holandés con aspecto de santón, Father Wilbert, quien se dedicaba a recoger muchachos y albergarlos en su casa. Pero Pasolini deja entreabierta una puerta de inquietud y de recelo frente a esta solución, porque al regresar repentinamente al cabo de un rato a la residencia de Father Wilbert —pues Elsa Morante se había olvidado un libro en aquella casa— encuentran a Revi durmiendo en el suelo, como el resto de los muchachos. Revi mira a Pasolini fijamente y como atemorizado, con una expresión que ya no es la de un chiquillo —nos dice—sino la de un adolescente. ¿Qué quiere decirnos con ello Pasolini? ¿Habla ocurrido algo desde que le confiaron el niño a Father Wilbert? ¿Había sufrido algún tipo de castigo, vejación o algo peor? La respuesta, al menos, no está en el libro. El escritor termina esta triste historia con estas melancólicas palabras: “Father Wilbert estaba allí, alto en su sotana, recortándose contra las palmeras torcidas e inanimadas, sonriendo desde su gran barba, bajo la luna perdida en el cielo como en una noche de pestilencia”.

 

Moravia: su visión de la India. La religión

Marcadas ya las diferencias entre los dos autores, es hora ya de entrar por separado en la visión que cada uno de ellos ofrece sobre la India. Y cuando empleo el término visión me estoy refiriendo, naturalmente, a la 3ª acepción que figura en el Diccionario de la Real Academia Española para este término, que dice así: “punto de vista particular sobre un tema, asunto, etcétera”, es decir, nada negativo ni que tenga que ver con la fantasía.

En la autoentrevista que, a modo de prefacio, abre el libro de Moravia, éste lanza la siguiente idea fundamental: “La India es un concepto de la vida [...] según el cual todo lo que parece real no es real y todo lo que no parece real es real”. De este concepto se deriva—añade— la consideración de la vida como algo absurdo y doloroso y la convicción de que el hombre no debe hacer nada por mejorar el mundo, sino, por el contrario, salir de él (del mundo) y unirse a la realidad suprasensible, es decir, la espiritual. Según esto, la religión es negativa en cuanto a la realidad de los sentidos, pero es positiva en cuanto a la realidad espiritual. Ya antes, líneas arriba de la citada entrevista, había dicho que “la India es el país de la religión como situación existencia!”, para concluir con esta taxativa afirmación: “...la religión es la India y la India es la religión”.

Pero estas no son las primeras consideraciones de Moravia sobre la importancia de la religión en la India. A diferencia de Pasolini, Alberto Moravia ya había estado antes en la India, en concreto en 1937, cuando en su país se hallaba en el poder el fascismo. Fue una breve etapa, camino de China. Ese primer viaje significó para Moravia el descubrimiento de Oriente. Viajaba, según confesaría el escritor muchos años más tarde, para escapar de la Italia fascista. De este su primer paso por la India, aunque más efímero, nació un artículo, escrito desde Bombay, que publicó en la Gazzetta del popólo el 28 de marzo de 1937. De las ideas expresadas en ese artículo destacamos la siguiente: “Se nota que en esta atmósfera de santos y pecadores podrían cambiarse los papeles; y que todos los milagros podrían ocurrir menos el de dar forma y pureza a este mundo informe e impuro”. La unión de lo sexual y lo sagrado está ya presente en esta primera visión de 1937, y será después desarrollado tras su segundo viaje y, en concreto, el último capítulo que cierra Un’idea dell’India, “Lo scandalo di Khajuraho”, cuando ofrece una interpretación sagrada y cósmica de los famosos motivos sexuales de sus esculturas. Para Moravia, lo que se pretendió con esas figuras de ambos sexos en el acto de unirse fue la intención de dar forma al divino, cósmico e inefable deseo que, según la religión hindú, está en el origen de todas las cosas. O dicho de otra manera: nos encontramos ante una representación análoga a la del Génesis, y a la de tantos adanes y evas que en Occidente aparecen representados bajo el árbol del Edén, sólo que en occidente no figuran uniéndose carnalmente, mientras que en la India, sí, porque el acto sexual no está excluido del mundo humano, sino recuperado como éxtasis cósmica, como comunicación total. En las citadas esculturas no hay, como en Occidente, una figura reconocible, histórica, como la de Adán y Eva, sino rostros sin nombre cuyo éxtasis sexual les sumerge en la nada cósmica. Para Moravia la Europa actual no es religiosa: lo era en la Edad Media. El Renacimiento, para los indios, sería la decadencia. Pero, curiosamente, hoy los indios imitan a los europeos y los europeos a los indios.

 

Moravia: la política

De las apreciaciones de tipo político que hace Moravia sobre la situación en la India destacan, a mi juicio, dos que considero fundamentales, y que están marcadas también por lo anecdótico e incluso por el sentido del humor, no muy frecuente en Moravia. Una se refiere al Pandit Nehru y otra al Sr. Jinnah, el líder de los musulmanes. Corresponde a los capítulos consecutivos —antes artículos, como ya hemos indicado— “Nehru, Pintellettuale”y “Lamoglie di Jinnah”. A Nehru lo sitúa en ese grupo de intelectuales indios que se han educado en la sobriedad de las universidades inglesas, como Oxford y Cambridge. Se felicita Moravia porque el triunfo de Nehru tendría que ser un motivo de satisfacción para los intelectuales de todo el mundo, porque es la primera vez (o la segunda, si tenemos en cuenta a Lenin) que un intelectual gobierna un país tan grande como la India.

Más adelante —y siempre dentro de este capítulo “Nehru, l'intelletualle”—destaca el oficio político de la persuasión que ejerce Nehru ante una situación tan compleja como la de la India, señalando que su manera de pensar y de actuar, tan bien reflejada en sus escritos, se inscribe dentro de la tradición india, desde Buda hasta la más reciente de Gandhi. Dice Moravia que a Nehru, el político liberal, le falta, según muchos observadores de dentro y de fuera del país, esa energía autoritaria indispensable para gobernar un país como la India, que a lo largo de su historia no ha conocido más que poderes despóticos. Por último, lo define como un socialista fabiano (es decir, laborista) a la manera de Bernard Shaw, y afirma que Nehru, después de Gandhi, es el hombre más amado del continente.

La última parte del capítulo está dedicada a describir su entrevista con Nehru junto con el embajador de Italia (y a la que también debió asistir Pasolini, aunque Moravia no lo menciona, consecuente en silenciar a sus compañeros de viaje). Una conversación con Nehru que duró una hora exacta, y durante la cual —confiesa Moravia— el escritor italiano se sintió bastante cohibido o embarazado, pues Nehru, en vez de derivar la conversación hacia las fórmulas Convencionales o los lugares comunes, exigió otra que implicaba una mayor reflexión y capacidad selectiva, pues abordó temas como el problema de los refugiados, las relaciones con China, la pobreza y el atraso de las masas, el progreso científico, etc., es decir, cuestiones todas ellas nada protocolarias y que suponen creación de ideas. Recordó Nehru sus nueve años de cárcel bajo el dominio inglés, subrayando la actitud contemplativa a la que está constreñida toda persona que sufre prisión. En definitiva, de las impresiones de Moravia y de sus intentos por seguir la conversación se deducen los efectos de hallarse ante un personaje tan fascinante como Nehru, no exento —dice el escritor italiano- de vanidad y de cierto distanciamiento incluso en los momentos más animados de la entrevista. En un momento determinado, el primer ministro fija la mirada como en un punto o en el vacío, lo que señala el final del encuentro. Más allá de esta apreciación irónica de Moravia, nosotros pensamos que no podía ser menos para quien sin duda le faltaba tiempo a la hora de recibir a personas de su propio país y de todo el mundo, así como de gobernar una nación tan inconmensurable y problemática como la India. Todo ello nos sugiere un comentario que resumo así: la inquietud intelectual de Moravia cuando se halla conversando con un personaje que es a la vez intelectual y mandatario.

En cuanto al capítulo siguiente, “La moglie di Jinnah”, cabe decir que Moravia se enfrenta a esa cuestión tan dolorosa y polémica de la partición de la India y de la creación del Pakistán, y para ello se centra en la figura del líder de la Liga Musulmana, sosteniendo una curiosa teoría en que la anécdota cobra una especial relevancia. Atribuye la ruptura de Jinnah con Gandhi al hecho de que el líder musulmán se amargó y se endureció a causa de su fracaso matrimonial. A la primera mujer ni siquiera la llegó a conocer, pues fue representada en la boda por sus parientes y murió estando Jinnah en Londres. Con la segunda, una bella parsi, el amor —pues esta vez se trataba de un matrimonio por amor— duró muy poco, pues ella le abandonó por—como suele decirse— incompatibilidad de caracteres. Y antes de que un intento de reconciliación pudiera llevarse a cabo, ella murió de peritonitis. Este hecho, para Moravia, fue decisivo en la actitud de un político como Jinnah, jefe de una comunidad que entonces contaba con más de noventa millones de personas. Provocó la ruptura con Gandhi y la creación del Pakistán, es decir, la ruptura entre dos hombres, que, aunque estaban al frente, señala el escritor italiano, de dos comunidades en las que había mucho fanatismo, ellos no tenían nada de fanáticos. De Gandhi destaca la enorme capacidad de tolerancia y de magnanimidad, y de Jinnah su educación británica, su elegante aspecto de gentilhombre más que demagogo, y lo califica, además, de descreído o poco creyente. En definitiva, para Moravia ese hecho familiar desgraciado en la vida de Jinnah cambió el rumbo de los acontecimientos. No vamos a entrar en el comentario crítico que esta afirmación pueda merecer, pero cuesta creer, puestos ya en plano de la ucronía, que una situación tan compleja entre indios y musulmanes se hubiera resuelto de forma distinta, es decir, menos traumática, a como ocurrió si Jinnah hubiera sido feliz en el matrimonio.

Conviene destacar otros dos aspectos de las observaciones de Moravia en este capítulo. La primera se presenta, precisamente, como una explicación de mayor peso sobre el conflicto entre hindúes y musulmanes, y contradice la teoría, digamos, matrimonial. Es la que se refiere a la conocida actuación de los ingleses: “Sabido es que los ingleses no solo se aprovecharon, sino que fomentaron también la mutua aversión de los dos mayores grupos religiosos de la India, para sus fines de dominio”. La segunda es angustiosamente premonitoria, aunque se trata de una predicción de lo que se mascaba en el aire: “Según nuestro débil parecer, con la creación del Pakistán se han establecido las premisas de una guerra futura”.

 

Las causas de la pobreza, según Moravia

Apartado especial, dentro del análisis político y sociológico de la India que hace Moravia lo constituyen sus reflexiones sobre el tema de la pobreza, esa cuestión que, a fuerza de ser un lugar común cuando se habla del subcontinente, nunca deja de ser resbaladiza y polémica, e incluso tabú cuando se menciona ante los propios indios, y mucho más si se tiene en cuenta la evolución que ha experimentado la India desde ese comienzo de los años sesenta hasta este fin de siglo, en que se ha constituido en superpotencia asiática y con tantos marcados contrastes sociales y económicos.

Según Moravia, la pobreza es el tema dominante, aunque, como señalan los propios indios, esa pobreza —por ejemplo, la suciedad y decrepitud en los edificios—se halle al lado de cosas muy bellas. Una explicación general y básica de la pobreza tendría una raíz filosófica, religiosa, pues se fundamentaría en las dos ideas básicas que, para Moravia, constituyen el pensamiento indio: la vida es apariencia y la vida es sufrimiento, ideas a las que nos referíamos más arriba cuando Moravia establece una relación directa de identidad entre la India y la religión. Eso sería como el sustrato —la palabra es mía— que ha permitido el desarrollo de otras causas de la pobreza, ya en un plano más social, político y económico. Esas causas, dice el escritor italiano, vienen de lejos, y las enumera de la siguiente forma: 1a) el sistema de castas, que mata el deseo de mejorar y la ambición personal; 2a) la degeneración supersticiosa de las religiones, por otro lado muy profundas y respetables en sus orígenes; en este sentido, menciona ejemplos como el hecho de que las vacas y otros animales considerados sagrados devoren un tercio de la cosecha (téngase en cuenta que es Moravia quien habla y que estamos en 1961); 3a) la dominación inglesa, teniendo en cuenta que estos colonizadores no hicieron otra cosa sino aceptar una situación de dominación preexistente, como es la de las castas superiores. Los ingleses destruyeron el artesanado local y obstaculizaron la industrialización. Dice Moravia:

 

¿Quiénes eran los ingleses sino una supercasta a la cual fue fácil someter trescientos millones de indios (no más de ciento diez mil eran los ingleses en la India) porque estos, a su vez, habían sido antes hipnotizados por los brahmanes con la manía de las castas? En realidad, los colonialistas ingleses no hicieron más que aceptar una situación colonial preexistente.

 

y 4a) el clima y la situación geofísica de la India, que sin duda explica la mentalidad del indio, pero no su pobreza, puesto que “Son los hombres los que crean el mal de los hombres; la naturaleza no hace más que secundarlos, cualquiera que sea la dirección que ellos tomen”.

 

Miscelánea de la visión moraviana

Otras apreciaciones de Alberto Moravia sobre la India, con las que se puede hacer un mosaico (puesto que mosaico complicadísimo es, en el fondo y en la forma, el subcontinente), completan su visión. No tienen nada de periféricas o superficiales, pues se expresan en la misma dirección reflexiva e interpretativa que lo que hemos visto hasta ahora. Sin duda estas observaciones no serán compartidas por los propios indios, o por viajeros foráneos que tienen otra concepción de la India. He aquí algunas de ellas, distinguiendo las que se refieren al paisaje de las que hablan de la manera de ser de los indios. En cuanto al paisaje, para Moravia, la India no es un bello país como Italia, o pintoresco como Japón, pues afirma que las ciudades que aparecían en el mapa son, cuando se las ve, monótonas. Para él, la India es más interesante desde el punto de vista humano. La comparación con su país aparece en varios pasajes del libro. Su visión de lugares y paisajes está mediatizada por lo que el escritor retiene de su cultura, de Italia y de Europa en general. Ciertos templos y lugares le recuerdan a Roma (por ejemplo, compara su ornamentación arquitectónica con el barroco de Bernini), y asocia con Venecia el puerto de Cochin, y también Benarés. Visitando los templos de Mamallapuram experimenta el mismo sentimiento de hallarse en Olimpia. El templo de Madurai lo compara con catedrales góticas de Francia y ciertos barrios de Calcuta con los de Glasgow y Liverpool. En cuanto al clima, la sensación de bochorno y de calor húmedo es como lo que en Italia se conoce como affa, o como el siroco, siempre portador, para Italia, de calor y humedad. Todos esos parangones que hace con frecuencia el viajero se corresponden a una actitud muy humana y, sobre todo, muy italiana, y ese rasgo también puede apreciarse en el libro de Pasolini. Es como si el viajero no pudiera prescindir de unas gafas de color cuyo filtro lo remite todo al propio país.

En cuanto a la manera de ser de los indios, en la citada entrevista de Renzo Paris, Moravia se refiere a la actitud de los indios de indiferencia ante el sufrimiento: “Los indios son el pueblo más indiferente ante el sufrimiento de todos los pueblos que conozco”. Aunque no se menciona el término, con ese juicio de Moravia es como si hablara de resignación, con lo que sin duda la polémica está servida (otros viajeros, contemporáneos, como Julián Marías, prefieren hablar de “aceptación de la realidad”, lo que sin duda supone matizar, con otros términos, el mismo hecho que se constata). Moravia pone en relación esta actitud con la presencia que el más allá tiene entre los indios: “Toda esta gente calla con un aire de indiferencia absoluta, como si supiera que tiene que esperar para la eternidad”, por lo que la muerte aparece desprovista de todo dramatismo, es decir, como un estadio más de un proceso natural. Sin duda estas apreciaciones, contrastarán con las ideas que puedan tener muchos indios respecto a su propio país y el consabido tema de la resignación.

 

Pasolini: vivencia personal

Como ya hemos señalado anteriormente, el relato que de su viaje por la India hace Pasolini es menos distanciado y frío: este autor se compromete vitalmente con lo que ve y vive —ya hemos visto el caso de aquel muchacho—, y sus reacciones tienden a ser más viscerales, sin que falte una objetiva reflexión intelectual: muestra su admiración en muchas ocasiones y de forma más entusiasmada y desinhibida que Moravia, pero también es, a veces, más duro con el léxico cuando algo o alguien no le gusta. Un ejemplo de esa visceralidad entusiasta, como el siguiente, nos habla de sensaciones casi sexuales: “No escondo que me atraen estas ciudades muertas e intactas: quiero decir, por [sic] las arquitecturas puras. A menudo las sueño. Y siento hacia ellas un arrebato casi sexual”. Y este elogio, que nunca encontraremos tan vehemente expresado en Moravia: “Pero puedo decir una cosa: que el pueblo hindú es el más querible, más dulce y manso que se pueda conocer”..

En cuanto a la religión en la India, y en concreto la hindú, Pasolini declara que no sabe muy bien lo que es, y remite a los artículos de Moravia, como ya hemos podido comprobar más arriba, pero más adelante señala que esa religión “...que en teoría es la más abstracta y filosófica del mundo, es ahora, en realidad una religión totalmente práctica: una manera de vivir”. Se alegra de que el hinduismo no sea una religión de Estado.

Al reflexionar sobre la religión, de la que él mismo procede, el catolicismo, este es blanco de sus críticas. Cuando descubre a dos prelados en una recepción de la embajada de Cuba en Delhi (prelados que él cree que son españoles, pues tienen aspecto —dice— de espadachines), señala algo importante: por primera vez tiene la sensación de que el catolicismo no coincide con el mundo. Esos dos prelados, en medio de millones de personas, no son más que un vivaz garabato en rojo y negro (sic). Esa curiosa esa fijación de Pasolini con los españoles (en el caso de esos eclesiásticos, parece como si la Iglesia Católica, con toda su parafernalia, sólo estuviera presente en España), figura también, en otro lugar de su libro, y en concreto referida al imperio español, pues señala que “Todo hay que desearle a este pueblo, salvo la experiencia burguesa, que terminaría por volverse de tipo balcánico, español o borbónico”. No hay que olvidar que el régimen dictatorial que entonces existía en España daba alas y confería ese tono de acritud a los intelectuales y escritores foráneos cuando se referían a nuestro país.

Sin embargo, en otro pasaje de su libro Pasolini muestra su admiración hacia algunos religiosos católicos que trabajan en la India y a los que ha conocido. En Calcuta, él, Moravia y Elsa Morante van a a conocer a Sor Teresa, que no es otra que la Madre Teresa de Calcuta, una monja que vive en una casita no lejos del centro de la ciudad, en compañía de cinco o seis hermanas, recogiendo y cuidando en un pequeño hospital a los leprosos hasta que se mueren. Dice de ella que es “una mujer anciana” y que en sus rasgos está grabada la verdadera bondad, sin sentimentalismos, sin esperanzas, tranquila y tranquilizadora, bien distinta de la de Father Wilbert, cuyo conocimiento, al que ya hemos aludido, es como una advertencia.

Pasolini quiere dejar bien claro que la India no tiene nada de misterioso. Quiere alertar en contra de ese cliché tan del gusto de novelistas y cineastas. Dice que, fuera de cuatro o cinco ciudades grandes (y recuérdese que estamos al comienzo de los años 60), en realidad “...se trata de un enorme subproletariado agrícola, bloqueado desde hace siglos en sus instituciones por el dominio extranjero”.

 No es tampoco Pasolini indiferente al tema de las castas, que considera como un cáncer arraigado en todos los tejidos de la India (sic). El principio de casta es la causa de esa costumbre de clasificar, codificar y jerarquizar, “...atroz arquetipo mental que da forma a cada acción del pensamiento y del obrar de los indios”. Esa tendencia, que influye también en los intelectuales, tiene las características bien conocidas de conformismo. Y en lo que se refiere a la influencia del peso de la tradición en intelectuales y dirigentes, hacia los que no escatima críticas, cuenta la anécdota, de buena fuente, según la cual, un dirigente indio, al volver de Inglaterra, y en concreto de Cambridge y de Oxford, “...a fin de purificarse de tales contactos, apenas se encontró en la patria, piadosamente había bebido orina de vaca”.

En ese grupo de intelectuales y dirigentes incluye también a Nehru, sobre el que no reprime ciertas críticas, pues aun valorando su talante agnóstico por él mismo declarado, y que Pasolini interpreta como uno de los hechos más señalados del tiempo en que vive, y aun resaltando todo lo que Nehru ha hecho y está haciendo por su patria, considera, en cambio, negativamente que el líder indio quiera imponer el sistema democrático parlamentario con una meticulosidad legalista y con una rigidez codificadora que, según Pasolini, tiene su origen en el sistema de castas. Por eso confiesa tener hacia el Pandit, por otra parte adorable, bastantes impulsos de rabia (sic). Llega incluso a pedir a Nehru que, debido al estado de emergencia que vive la India, se tome la libertad de transgredir la rígida gramática parlamentaria inglesa. Es decir, reclama de él más firmeza, más autoridad. He ahí la eterna cuestión: cuando la aplicación escrupulosa del sistema democrático no se considera suficiente para cambiar toda una mentalidad, unas desigualdades y unos hábitos arraigados durante siglos. No nos sorprende esa actitud de Pasolini, si tenemos en cuenta las circunstancias políticas de entonces, pero no podemos compartir esa peligrosa invocación de una especie de “cirujano de hierro”. Dentro de esa visceralidad con que analiza la realidad de la India y la actuación de su máximo líder, Pasolini se ha mostrado todavía más vehemente al visitar a Sor Teresa y sus leprosos en Calcuta, hecho por el que ha sentido “impulsos de odio” hacia Nehru y hacia “sus cien colaboradores educados en Cambridge”, aunque reconoce que es injusto en esos sentimientos, pues “en esa situación muy poco se puede hacer” (sic). Expresa, pues, sentimientos encontrados, muy parecidos a los que pueden asaltarle a cualquier visitante de la India. Por nuestra parte, y al margen de todas las críticas que, como político, se le puedan hacer a Nehru, nos vemos obligados a declarar que respetamos e incluso reverenciamos la figura del Pandit, auténtico líder que, como el Mahatma, necesita una nación en sus momentos cruciales.

 

Miscelánea de observaciones de Pasolini

Al igual que hemos hecho con el testimonio de Moravia, reunimos aquí algunas apreciaciones de Pasolini de variado signo que complementan las líneas fundamentales de su visión de la India.

“El olor de la India”, expresión que le sirve de título, y que, como ya hemos indicado, anuncia la subjetividad y visceralidad del libro no aparece explícitamente sino hacia el final del libro. Primero se anuncia con esta frase: “Instante tras instante hay un olor, un color, una sensación de lo que la India es”, y más adelante se materializa a expresión: “...mientras Moravia se va a dormir, yo merodeo, perdidamente solo, como un sabueso detrás de los rastros del olor de la India”. No se trata de un olor necesariamente material, físico: es, al mismo tiempo, genérico y particular: algo inconfundible para todo viajero. Nótese, además, esa forma tan peculiar de recorrer los lugares, en soledad: el autor de Ragazzi di vita, que encontraría la muerte en circunstancias trágicas en un descampado, confiesa que le gusta recorrer solo y callado las calles de Bombay y de otras ciudades de la India como antes había hecho por los suburbios romanos:

 

Me gustaba caminar solo, callado, aprendiendo a conocer paso a paso, caminando . solo, los suburbios romanos; había algo que era análogo, sólo que ahora se mostraba dilatado y esfumado sobre un fondo cargado de incertidumbre.

 

Otras observaciones se refieren a: a) las cremaciones, hechos que jamás dejan indiferente al viajero. Al contemplar una en Benarés experimenta el mayor sentimiento “de comunión, de tranquilidad y casi de júbilo” (sic) que ha tenido a lo largo de toda su estancia en la India. Es bastante significativo que con esta escena y con estos sentimientos cierre su libro; b) la manera tan curiosa que tienen de decir sí y afirmar con el gesto los indios (movimiento ladeado de cabeza que tanto nos llama la atención a los occidentales y con el que más bien parecen decir no), y que para el escritor italiano es una mezcla de picardía, de susto y de coquetería halagadora; c) la sonrisa de los indios, que interpreta como de dulzura, y no precisamente de alegría; d) los pequeños templos, que considera lo más sublime que pueda contemplarse en la India; e) el Taj Mahal, punto obligado de referencia de todo viajero, y que Pasolini define como el San Pedro de la India, con lo cual arrastra los inevitables parangones de raíz cristiano occidental que veíamos en Moravia. También dice de este famoso monumento que es “el sueño de las solteronas inglesas”.

Para concluir: el autor de L‘odore dell‘India, aunque demuestra mayor pasión que Moravia, no ha reprimido sus críticas, con su tono de sinceridad, cuando no le han gustado ciertos aspectos de lo que ha ido viendo a lo largo de su viaje. Podemos afirmar que Pasolini es siempre más vehemente tanto cuando expresa su agrado como su desagrado. Así, define a los indios como un pueblo de “...de aturdidos, de titubeantes: como personas que hubiesen vivido largo tiempo a oscuras y repentinamente vuelven a la luz”, situación de la que, sin duda, ellos no son culpables, después de haber sufrido tantas dominaciones. En otra ocasión no tiene reparos en afirmar, después de haber asistido al sacrificio de un cabrito en el templo de la diosa Kálí, en Calcuta, que “en la India la vida tiene los caracteres de la insoportabilidad”. De todas estas manifestaciones, sin duda polémicas, le redime esta otra, tan personal y sincera como todas las que hemos ido repasando: “por amor a la India, amor que ningún visitante puede eludir”, declaración emblemática y valiosa más allá de lo que pueda tener de paternalismo occidental, y que merece j figurar como broche de nuestro comentario sobre Pasolini.

Un comentario que no puede terminar, a nuestro juicio, sin una reflexión sobre lo que significa la mirada occidental cuando se trata de explorar y valorar una realidad tan compleja como es la del subcontinente indio. Pasolini y Moravia son dos ejemplos más de viajeros que convierten en artículos y en libros sus observaciones, y que sin duda despiertan en los propios indios y en quienes conocen bien la india reacciones encontradas. Pero no lo olvidemos: en nuestra poliédrica realidad, cada pueblo es también la forma en que es visto e interpretado por los que vienen de fuera.

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