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Política

Política exterior de la India (Abdul Majid Padar)

 

POLÍTICA EXTERIOR DE LA INDIA

Abdul Majid Padar

 

 

 La India es el hogar de una de las civilizaciones más antiguas del mundo y, junto con Egipto, Grecia, Roma, China, etc., es una de las cunas de la civilización humana. Si bien estas otras civilizaciones nos han dejado un gran patrimonio, ellas en general ya han pasado a la historia. En cambio, la cultura india representa una continuidad esencial de tradiciones, creencias y prácticas hasta el día de hoy.

A lo largo de su historia la India se ha visto sometida a repetidas invasiones de tribus arias, guerreros musulmanes, colonialistas europeos, etc. Los arios hicieron de la India su hogar y la suya constituyó la mayor aportación a la fundación de la civilización india. Muchos guerreros musulmanes vinieron sólo para destruir y despojar, pero muchísimos otros se quedaron y gobernaron en reinos prósperos. Durante el imperio mogol hubo un gran renacimiento cultural y las artes prosperaron y alcanzaron su plenitud en una maravillosa simbiosis de tradiciones islámicas e hindúes. Su interacción con la sociedad británica hizo que la India aceptara, sin más, las costumbres cívicas, políticas y económicas inglesas.

Esta asimilación, junto con la diversidad étnica preexistente, ha hecho de la India un crisol de fascinantes encuentros culturales. A lo largo de los tiempos, la sociedad india ha demostrado una capacidad distintiva de transformar la invasión en concierto, la ruptura en continuidad, la diferencia en diversidad y la diversidad en unidad. Como consecuencia se ha creado una sociedad pluralista y variopinta, un rico mosaico que aglutina diversos hilos en un solo tejido multicolor.

La sociedad india es muy compleja. Existen en ella todas las religiones que hay en el mundo (750 millones de hindúes, 120 millones de musulmanes, 25 millones de cristianos, 16 millones de sikhs, 12 millones de jainistas, 9 millones de budistas, 300.000 parsis, judíos, bahaístas, qadianis, etc.). Esa inmensa diversidad alcanza su expresión en seiscientos dialectos y dieciocho idiomas con escritura y gramática propias.

Creo que la razón de ser de la experiencia india es el hinduismo, que constituye la base del genio de su civilización, su cultura y su pensamiento; y, obviamente, los conceptos que han forjado la cultura india, han sido la espiritualidad, la tolerancia y el pacifismo, cuyas raíces se hallan en la filosofía hinduista y se sustentan de su naturaleza.

El emperador Ashoka, al que me referí anteriormente, extendió su imperio hasta las costas del este de la India tras su victoria en la batalla de Kalinga en el 265 a. de C. Sin embargo, horrorizado por la muerte, la destrucción y el derramamiento de sangre, renunció a la guerra y abrazó el budismo. Predicó, a través de sus edictos, el pacifismo, la no-violencia y la armonía con la naturaleza. Desde entonces la no-violencia y el pacifismo ocupan un importante lugar en el carácter indio.

Ashoka, que reinó sobre el imperio más grande trescientos años a. de C., tenía edictos con preceptos morales y éticos difundidos por todo su imperio. Uno de esos edictos dice:

 

Si veneras tu propia fe, al venerar tu propia fe venerarás la fe de los otros. Al venerar la fe de los otros, exaltarás tu propia fe y harás que tu propia fe sea honrada por los otros.

 

Esta tolerancia permitió a los judíos instalarse en sur de la India, ya que su templo en Jerusalén había sido destruido; permitió a los cristianos y musulmanes llegar a la India apenas transcurridos cincuenta años de la aparición de Cristo y Mahoma respectivamente. Cabe señalar que ninguna de las dos religiones llegó a la India de la mano de los invasores. Los zoroastrianos huyeron de su propia tierra y encontraron refugio y prosperidad en la India. No existe rencor en la India contra los británicos, nuestros gobernantes coloniales. Invitamos por nuestra propia voluntad al último Virrey británico en la India a que fuera el primer Gobernador General de la India independiente. Dudo que la historia nos pueda ofrecer ejemplo de tamaña tolerancia y magnanimidad.

Dicho esto, debo señalar que la India es consciente de su merecido lugar en el concierto de las naciones. Está destinada a convertirse en una potencia por su tamaño, sus recursos, el talento de su gente y sus antecedentes históricos y culturales. Este avance se puede demorar, pero no debe detenerse. El objetivo de la política exterior india es subordinarse a esta visión.

La política exterior de la India es un reflejo fiel de nuestra cultura y civilización. La exposición de su principio guía “vasudhaiva kutumbakam”, que significa que el mundo es una sola familia, se remonta a tres mil años. Este concepto, enunciado en los Vedas, marca el objetivo primordial de nuestra política. Para los libertadores de la India, la independencia no era un fin de por sí; constituía parte de la búsqueda de un orden mundial equitativo. Su visión trascendía los desafíos y las preocupaciones internas y se abocaba a un análisis crítico de los sucesos en el mundo. De ahí el porqué de su compromiso e interés en todas las causas de trascendencia para la humanidad. Esta política tiene sus raíces en la inspiración universalista que define el genio y pensamiento indios, las lecciones sustraídas de nuestra experiencia histórica y la misma naturaleza de la plurifacética sociedad india. Lo esencial de esa política proviene de un globalismo ilustrado y de los preceptos que definen la identidad nacional india, cuyas bases son el pluralismo, la democracia, el secularismo, la justicia social, el progreso humano, la protección del medio ambiente y la protección de la integridad territorial nacional.

El primer Primer Ministro de la India, Jawaharlal Nehru, afirmó un año antes de la independencia lo siguiente:

 

Esperamos establecer contactos estrechos y directos con otras naciones y cooperar con ellas para hacer avanzar la paz y la libertad mundial. Planteamos, en la medida que sea posible, mantenernos alejados de la política de poder de grupos alineados unos contra otros, que han conducido en el pasado a guerras mundiales y que pueden causar otra vez nuevos desastres a un nivel mucho mayor. Nosotros creemos que la paz y la libertad son indivisibles y la denegación de la libertad en cualquier parte debe poner en peligro la libertad en otra parte y conducir al conflicto y a la guerra.

 

Así como nuestra recién independizada república se dejaba guiar por los principios de igualitarismo, libertad individual, respeto a la dignidad de todo ciudadano y fe en el dominio de la ley, buscamos a nivel internacional un orden basado en esos mismos principios. Avistamos en la Naciones Unidas la reencarnación de semejante orden mundial. Nuestra participación en la O.N.U., así como nuestro apoyo a ella, fue la piedra angular de nuestra política exterior. Participamos plenamente en todas sus actividades, incluso en todas las operaciones de paz significativas durante el último medio siglo.

Por haber sufrido en nuestra propia carne el yugo colonial, sentimos nuestro deber el hacer todo lo posible para el logro de la independencia de otros países que continuaban bajo ese yugo.

Aún en plena lucha contra el dominio británico, la India se expresaba contundentemente contra el autoritarismo y fascismo de cualquier índole. Como gesto simbólico envió cincuenta voluntarios a España en su lucha contra Franco y una misión médica a China durante la invasión nipona de aquel país. A finales del siglo XIX, el Mahatma Gandhi había pasado quince años en Sudáfrica y había puesto en marcha una lucha épica contra la discriminación racial. Las técnicas y las armas que él ideó, desarrolló y mejoró en esa lucha (no-cooperación pasiva, satyagraha, rechazo a leyes injustas, no-violencia, etc.), las utilizó luego con extraordinario éxito contra el gobierno británico en la India. A la luz de la experiencia gandhiana, la primera decisión de la India en materia de política exterior como país independiente fue romper las relaciones con Sudáfrica y encabezar la lucha contra el apartheid.

La libertad de pensamiento y la autonomía de actuación constituyen los hitos de la orientación de la política exterior de la India, así como sus relaciones exteriores. Obviamente, una nación con cinco mil años de historia y cultura no podía aceptar ser el eco de las aspiraciones de alguna otra, ni ser un peón a sus órdenes. Decidimos, por ello, rechazar el pertenecer a uno u otro grupo de naciones. Esa era la política del no-alineamiento y, francamente, esa actitud apenas variaba de la receta que Thomas Jefferson ofrecía entonces a los recién independizados EE. UU.: “Paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, trabando alianzas con ninguna”.

En la Segunda Guerra Mundial, los Aliados habían derrotado a las nefastas fuerzas del fascismo, autoritarismo y racismo, al tiempo que anunciaban a los cuatro vientos que se habla conseguido para el mundo la seguridad de la libertad, la democracia y los valores humanos universales. Compartiendo esa euforia, la India, habiendo emprendido con éxito la lucha por su independencia dentro de un marco de altos principios éticos y morales, reforzados aún más por las tradiciones benévolas de su propia cultura y civilización, tenía grandes esperanzas como consecuencia de esa situación. No obstante, estos últimos cincuenta años han sido para la India un cúmulo de esperanzas malogradas, expectativas incumplidas y aspiraciones legítimas desvanecidas en el tablero de la realpolitik amoral y la persecución sórdida del interés particular nacional por parte de las mayores potencias del mundo.

Pocos años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial quedaba muy claro que el orden mundial que se pregonaba estaría dividido entre dos campos opuestos, con ideologías y objetivos totalmente divergentes. Dado que la India era una democracia, Occidente daba por sentado que se alinearía en su campo. La India, en cambio, rechazó firmemente las peticiones a que ingresara en la red de alianzas militares patrocinadas por Occidente. La India y los otros países de Asia y África recién independizados del colonialismo occidental tenían un deseo comprensible de tener la libertad de ejercer su independencia en el terreno internacional. Eligieron lograrlo a través del Movimiento del No-alineamiento. Esto causó gran irritación a Occidente. Pese a que la India compartía la democracia y otros valores con Occidente, éste rechazaba las opiniones de la India como idealismo ingenuo, posicionamiento poco práctico y de moral altiva, prédica indeseable, etc. Fuera conscientemente o no, esa política apuntaba poco a poco a desechar y aislar a la India, al tiempo que menospreciaba y desacreditaba su papel, significado e importancia.

A medida que la animosidad entre los dos rivales de la Guerra Fría cobraba más y más intensidad, cada uno de ellos se esforzaba en ganar y sostener la ventaja, sin importarle el precio. Pese a todas las perogrulladas proferidas por Occidente, su palmarés de la Guerra Fría no es de ninguna manera mejor que el del autócrata, autoritario y opresivo bloque comunista. Occidente había instalado, patrocinado y respaldado a muchos dictadores, gobernadores autoritarios y autócratas en Asia, África y América Latina, cuyos regímenes encarnaban todo lo contrario a lo apreciado por Occidente. Para la India esa política representaba una hipocresía y un doble criterio moral. Por eso la criticaba. “El poder tiene razón” constituía efectivamente la fe de ambos lados. En semejante perspectiva la India, que no tenía ni poderío militar ni contaba con influencia económica y que permanecía consistentemente reacia a ser el juguete de Occidente, veía sus intereses sencilla y convenientemente desechados y desestimados por Occidente.

En este ambiente de tensiones la India se vio obligada a fraguar un modelo propio de desarrollo social y económico que respondiera a los problemas de pobreza e indigencia de millones y millones de sus habitantes. Tuvo que seguir una política de incentivos a las empresas públicas, de protección a las industrias nacionales y otras medidas de bienestar consideradas correctas en esa época. En las primeras etapas de nuestro desarrollo, el sector privado no estaba dispuesto a invertir en industria pesada, pues ésta tenía un largo período de gestación. Tampoco quería instalar industrias en zonas remotas y atrasadas del país. Por lo tanto, para alcanzar un desarrollo regional equilibrado, el gobierno tuvo que tomar cartas en el asunto. Del mismo modo surgieron los bancos públicos, dado que los bancos privados no estaban dispuestos a prestar dinero a los sectores más débiles. Esta política sirvió eminentemente a sus propósitos cuando fue concebida. Es más, esta política inclusive fue una historia de éxitos. Fruto notable de ello fue el que la India adquiriese una estructura industrial amplia y diversificada. Se debe anotar también que las empresas públicas no fueron en la India tan ineficaces como en otros países del Tercer Mundo; muchas de ellas producían beneficios. Sin embargo, comenzaron a aparecer fallos, los más prominentes de los cuales fueron la no renovación de las tecnologías.

Desde 1991 la India ha introducido amplias reformas para abrir e integrar su economía en el sistema económico mundial. La política exterior de la India ha adquirido un arma económica. Su impulso se dirige a obtener inversiones extranjeras directas, a alentar proyectos conjuntos en la India y en el extranjero e incluso a dar a conocer en el extranjero el potencial de la India, su estabilidad institucional, su vasta y substancialmente próspera clase media, su magnífica administración de la economía, su potencial científico, su sofisticada base industrial y su enorme mercado de consumidores. Sin embargo, la India es consciente de su responsabilidad social. No puede provocar la miseria social con el pretexto de adelantos económicos. Seguirá el camino del medio sin caer en excesos.

La India acepta el desafío que se presenta de cara a fortalezas económicas construidas por agrupaciones regionales y otros obstáculos en el flujo del libre comercio. La introducción de la cláusula social por parte de países desarrollados obstaculiza la importación de productos de los países en desarrollo en los cuales hay una relativa ventaja de costo de mano de obra. Esos mismos países, que impulsan el libre comercio en el sector de servicios tales como banca y seguros, ponen trabas al libre flujo de la inmigración que forma parte del sector de servicios. Además, existen las presiones colectivas como son de criterios de trabajo, derechos de propiedad intelectual, el derecho a definir la política de inversión nacional, el ritmo de la privatización, derechos de inversores, aplicación extraterritorial de leyes internas, etc., que requieren respuestas colectivas.

Vivir en armonía con la naturaleza es parte del pensamiento tradicional indio. Ante la degradación ecológica, la reducción de la capa de ozono, el calentamiento global, el depósito de desechos peligrosos y la deforestación, la India piensa que la mayor parte de la responsabilidad debería corresponder a los países industrializados. Sus altos niveles de consumo y producción no sólo vacían los recursos naturales existentes sino que también llevan a una emisión alarmante de contaminantes de la atmósfera. El principio de que el contaminador paga, debe entrar en vigencia. El costo del desarrollo debe incluir integralmente el costo de la conservación. En cualquier esfuerzo global se deben contemplar de una manera absoluta los intereses y las preocupaciones legítimas de los países en desarrollo. No podemos separar la protección del medio ambiente de las cuestiones del desarrollo. La degradación del medio ambiente es una cuestión que trasciende no sólo las fronteras de los países sino también, de alguna forma, intereses nacionales mezquinamente concebidos. Hace falta un esfuerzo global para poner fácilmente al alcance de todos los países desarrollados y en desarrollo las tecnologías que existen y que deben aún desarrollarse para combatir la contaminación y la degradación del medio ambiente. No podemos dejar estas cuestiones al arbitrio de las fuerzas del mercado. Aquellos con capacidad inadecuada para pagar las tecnologías ecológicamente sanas se quedarían sin otra alternativa que seguir adelante con el desarrollo sin consideración para el medio ambiente. Del mismo modo, aquellos a quienes se les niega el acceso a tales tecnologías no tendrán más opción que caer en la misma trampa. No son solamente estos países los que pagarán el precio por descuidar el medio ambiente, sino que este es un precio que probablemente tendrá que pagar toda la humanidad y las generaciones futuras. La comunidad internacional tiene un interés común en el desarrollo sostenible.

Nuestras relaciones con el mundo obviamente comienzan con nuestros vecinos. Recientemente se ha planteado una reorganización en nuestras relaciones con Bangladesh, Bhután, Maldivas, Nepal y Sri Lanka en base de cinco puntos clave: 1) la India no les exige reciprocidad, sino que los apoya con buena fe y confianza; 2) ningún país sudasiático permitirá que se utilice su territorio contra los intereses de otro país de la región; 3) no se permitirá interferencia en los asuntos internos; 4) se respetará la integridad y la soberanía de todos los países; 5) se resolverán todas las disputas mediante negociaciones bilaterales.

Los países del Sur de Asia tienen su propia organización regional conocida como la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional (SAARC). Desafortunadamente, la integración económica de la región no progresa como se hubiera deseado. La SAARC está paralizada por motivos políticos. Los beneficios regionales y las economías de escala no se reparten mutuamente. La India persevera para hacer de SAARC un instrumento eficaz de integración económica y de desarrollo. Tras lanzar la Vía Preferencial de Comercio Sudasiático (SAPTA) en 1995, la iniciativa india busca llegar a un acuerdo sobre el Área Sudasiática de Libre Comercio (SAFTA) en el 2005. M ¡entras tanto, sin perder interés en la SAARC, la India se ha convertido en socio del diálogo sectorial de la ASEAN.

Las relaciones de la India con China revisten gran importancia. China y la India son ambas antiguas civilizaciones. Ambos son los países más poblados del mundo y vecinos directos. Ambos carecen de historia de conflictos. En virtud de ser los dos países más grandes y más poblados de Asia, es imprescindible una relación de amistad y cooperación entre la India y China para la paz, la estabilidad y la prosperidad en Asia. Concedemos gran importancia a nuestra relación con China que, en estos últimos años, se está desarrollando bien en todas las esferas. Valga recordar que la India fue uno de los primeros países que encabezó la lucha para que se le diese a la República Popular China su lugar merecido en el concierto de las naciones. A principios de la década de los cincuenta existía una gran camaradería entre los dos pueblos que se expresaba con el lema “Hindi chini bhai bhai” (los indios y los chinos son hermanos) y puntualizada en la Declaración Conjunta de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica. Desde el comienzo la India ha extendido su mano de amistad y fue el primer país que reconoció el nuevo régimen comunista chino y que encabezó la campaña para que el Gobierno Comunista Chino ocupase su escaño en la O.N.U. Inclusive cuando China invadió el Tíbet, la India aceptó la soberanía china, renunciando a muchos derechos que le correspondían en el Tíbet. Pero en 1962 la India despertó bruscamente cuando China la sometió a una invasión. Sin embargo, esa invasión no la hizo cambiar las premisas de su propuesta política hacia China. La India sigue creyendo que una relación y un entendimiento cordiales con China son de suma importancia para la paz y la estabilidad mundial.

Esperamos que ese espíritu prevalezca de nuevo en nuestras relaciones. No obstante, deben tenerse en cuenta los intereses de seguridad de los dos países.

Desde el momento que los comunistas llegaron al poder, los EE.UU. emprendieron una campaña para convertir a China en un demonio, estableciendo al tiempo una cadena de alianzas militares alrededor de ella, oponiéndose a su entrada en la O.N.U., aislándola, etc. Pese a su poderío abrumador los EE.UU. no pudieron prevenir que China se convirtiese en una potencia nuclear y se vieron obligados a aceptarlo y acostumbrarse a vivir con la situación. Si bien las filosofías políticas y los sistemas de los EE.UU. y China eran diametralmente opuestos, la política estadounidense hacia China en los setenta cambió completa y repentinamente. Reconocieron el régimen comunista, establecieron relaciones diplomáticas con ella, permitieron que ocupara su puesto en la O.N.U. y pusieron en marcha un proceso de interacción que durante los últimos veinticinco años se ha incrementado hasta un nivel que les ha convertido en socios estratégicos. La buenas relaciones entre los EE.UU. y China sirven a los intereses de la paz y la estabilidad mundial, pero existen unos puntos preocupantes. El alcance y la penetración de esa política de vinculación estadounidense con China se han substanciado de una manera sin precedentes a pesar de las serias y continuas violaciones de normas por parte de China contra la proliferación nuclear y la tecnología misilística, que han sido documentadas ampliamente por diversas agencias de los propios EE.UU. Asimismo, se ha permitido la exportación por valor de miles de millones de dólares de materiales y tecnologías estadounidenses estratégicamente sensitivas para China a pesar de las pruebas bien documentadas de que China ha “robado” secretos nucleares sensitivos de laboratorios estadounidenses. Este trato choca frontalmente con la insistente política de “denegación reiterada” hacia la India. Lo que nos chocó particularmente fue no solo la alabanza del Presidente de los EE.UU a China por la ayuda de ésta a fin de “frenar” la proliferación en el sur de Asia, sino también el aviso de la intención de trabajar junto con China para supervisarla.

Actualmente la India se enfrenta a una amenaza sin precedentes a su integridad territorial. Pakistán reclama el estado indio de Jammu y Cachemira y está siguiendo la política de una agenda única para cumplir esta ambición. Desde hace más de una década, Pakistán, además de haber librado tres guerras, se ha lanzado a una guerra solapada y oculta contra la India, que consiste en entrenar, armar, financiar e infiltrar a terroristas en Jammu y Cachemira. Antes lo intentó en el Panjab, pero fracasó rotundamente. Se han perdido miles de vidas. Se han causado daños incalculables. Se han desviado recursos valiosos de las actividades de desarrollo para combatir ese terrorismo patrocinado.

Para poder comprender la actitud pakistaní, es necesario agregar una perspectiva sobre Cachemira. Pakistán reclama Jammu y Cachemira en base a la religión y cuestiona la accesión de Jammu y Cachemira a la India. En 1949, mediante la infiltración y la agresión, ya había ocupado un tercio del territorio de Jammu y Cachemira. En respuesta a la invasión, el Maharajá de Cachemira accedió a unirse a la India. Esta decisión fue avalada por el National Conference, el principal partido político de Cachemira, y su líder Sheikh Mohamed Abdullah. La India envió tropas para proteger a la capital, Srinagar, de los invasores y comenzó a repelerlos poco a poco. No obstante, acorde con nuestro genio pacifista, nuestro legado de la lucha de independencia, nuestra fe en la O.N.U. y nuestro respeto por ella, la India, en vez de completar la tarea de expulsar a las fuerzas invasoras de una vez por todas, llevó la cuestión al Consejo de Seguridad de la O.N.U. En los debates celebrados sobre la cuestión, los participantes aceptaron que Jammu y Cachemira estaba bajo la soberanía de la India. No obstante, la India aceptó las resoluciones de la O.N.U. que, entre otras cosas, afirmaban que el futuro de Jammu y Cachemira sería determinado conforme con la voluntad del pueblo, siempre y cuando Pakistán retirase sus fuerzas invasoras. Pakistán no lo ha hecho hasta el día de la fecha. En 1957 y 1958 los representantes de la O.N.U. indicaron en sus informes al Consejo de Seguridad que, debido al lapso del tiempo y al cambio de condiciones, sería difícil implementar tales resoluciones. Por otra parte, tras haber esperado a que Pakistán retirase sus fuerzas, se habían celebrado elecciones en Cachemira en 1951 y la Asamblea Constituyente ratificó la accesión del estado a la India. Desde entonces se han celebrado doce elecciones en Cachemira y en cada una de ellas el pueblo se ha expresado libremente eligiendo el gobierno de su gusto.

Pakistán también exige la aplicación de las Resoluciones del Consejo de Seguridad sobre Jammu y Cachemira. Para la India la separación de Jammu y Cachemira en base a la religión representa la negación de su mismísima identidad. La India es una nación secular en la que coexisten y prosperan todas las religiones. De hecho, viven más musulmanes en la India que en Pakistán. Por el contrario, Pakistán no pudo retener sus propios correligionarios en Bangladesh. Y aquellos musulmanes que emigraron, hace cincuenta y dos años desde la India son tratados en la República Islámica de Pakistán como ciudadanos de tercera clase. El Movimiento Nacional Muhajir (MQM) nació precisamente a causa de esta alienación de un segmento de la comunidad musulmana en la República Islámica de Pakistán. Los pakistaníes de origen biliar! en Bangladesh, abandonados después de la guerra de 1971, hasta la fecha no han sido aceptados por Pakistán. Estos hechos ponen de relieve substancialmente el punto de vista de la India de que la religión no puede ser la única base del concepto de nacionalidad. La India permitió una partición, pero, a nadie le quepa la menor duda de que jamás permitirá otra, sea cual fuere el precio. Después de la guerra de 1971, la India y Pakistán firmaron el Acuerdo de Shimla según el cual la línea de cese de fuego en Jammu y Cachemira se reemplazó por la Línea de Control, y ambas partes acordaron resolver bilateralmente sus contenciosos pendientes. Los recientes intentos de enviar sus infiltrados a Kargil y Drass tuvieron como objetivo alterar esa línea de control.

A pesar de su actitud hostil, la India desea tener relaciones de amistad y cooperación con Pakistán. Un Pakistán estable y próspero sirve bien a los intereses propios de la India. Nosotros no tenemos ambiciones territoriales sobre Pakistán y, en realidad, devolvimos a Pakistán 5.000 kilómetros cuadrados de su territorio (además de noventa y cinco mil prisioneros de guerra) que capturamos en la guerra de 1971. La India ha concedido a Pakistán el rango de “Nación más favorecida” para el comercio, pero Pakistán no sólo no ha reciprocado, sino que ha tomado medidas para restringir el comercio, si bien se vienen fomentando las facilidades de liberalización de comercio bajo el auspicio de la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional (SAARC).

El año pasado los Estados poseedores de armas nucleares condenaron a la India por realizar pruebas nucleares. Esos mismos Estados han llevado a cabo, entre ellos, un total de 2.048 pruebas nucleares. Tras la ampliación indefinida e incondicional del Tratado de No-Proliferación Nuclear (TNP) en mayo de 1995, todos ellos, sin excepción, realizaron pruebas nucleares. Ante esta perspectiva, los Estados de armas nucleares han elegido desempeñar la triple función de demandante, juez y jurado, cuando de la India se trata.

Al utilizar por primera vez las armas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, el mundo se dio cuenta de la destrucción, la muerte y el horror que las armas nucleares son capaces de perpetrar. Luego vino la segunda potencia nuclear, la URSS, a la que no se le podía impedir el convertirse en potencia nuclear. A la URSS siguieron la tercera y la cuarta potencias: Reino Unido y Francia. ¿Cuál fue la imperiosa necesidad que les hizo convertirse en potencias nucleares? Ellos eran integrantes de una poderosa alianza militar, además de contar con la protección del escudo nuclear estadounidense. En 1964, China se convirtió en la quinta potencia nuclear, realizando sus pruebas después de que se hubiera firmado el Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares Parcial que prohibía las pruebas atmosféricas.

En 1954, la India planteó la cuestión de desarme completo y universal ante las Naciones Unidas. En 1965 propuso un acuerdo de no-proliferación internacional según el cual, si fuese aceptado, los estados nucleares prescindirían de sus arsenales nucleares y los países no nucleares se comprometerían a no desarrollar o adquirir armas nucleares. En 1978 propuso un tratado encaminado a comprometer a no usar las armas nucleares. En 1982 propuso la congelación de la producción de armas nucleares. En 1988 planteó un programa paulatino para la eliminación total de armas nucleares. Durante todo este tiempo participó activamente en todas las negociaciones sobre el desarme. Desafortunadamente, ninguna de nuestras iniciativas encontró aceptación y las potencias nucleares siguieron probando y ampliando sus arsenales. Cuando planteamos en 1954 por primera vez la cuestión, había solo cuatro estados nucleares, solo se habían realizado sesenta y cinco pruebas nucleares y, desde luego, la cuantía de las armas nucleares estaba limitada. Desde entonces existen cinco potencias nucleares, se han realizado 2.048 pruebas nucleares (sin contar las pruebas en laboratorio), se han anunciado más pruebas y los arsenales de países nucleares han crecido tanto que ahora su cifra se calcula en decenas de miles.

El sine qua non de la política nuclear de la India ha consistido en esforzarse por lograr un desarme nuclear completo, universal y no discriminatorio. Por lo tanto, firmamos el Tratado de Prohibición de Pruebas Parcial de 1963 dado que dicho tratado era universal y no-discriminatorio. También firmamos las Convenciones sobre las Armas Químicas y Biológicas porque son universales y no-discriminatorias. El TNP permitió a los estados nucleares retener sus arsenales nucleares al tiempo que prohibió a los demás poseerlos. Esto constituía un apartheid nuclear y, como cuestión de principio, no lo podíamos aceptar. No obstante, solicitamos garantías de seguridad a las potencias nucleares que lamentablemente se mostraron incapaces de ofrecérnoslas. En estas circunstancias no podíamos firmar el tratado en 1970 y obviamente tampoco podíamos consentir su ampliación indefinida e incondicional en 1995. No firmamos el TPCPN porque no era ni tratado completo ni prohibición de pruebas nucleares, como su ilusorio título nos hiciera creer. El tratado permitió a las potencias nucleares existentes continuar con el diseño, el desarrollo y el perfeccionamiento de sus armas nucleares mediante pruebas sub-críticas o de laboratorio. Y para nada ayudó a llevar adelante el proceso de desarme nuclear. En cambio, se consolidó aún más el existente apartheid nuclear. Debe añadirse que nuestras decisiones de no firmar el TNP y el TPCPN, basadas en principios, lograron el apoyo unánime del Parlamento compuesto de representantes elegidos por el pueblo de la India, la democracia más grande del mundo.

Mientras haya armas nucleares existirá siempre la amenaza de la proliferación e inclusive del uso de ellas. La única vía salva y segura para la humanidad es la eliminación completa de las armas nucleares, que es lo que la India viene buscando desde hace mucho tiempo. El desarme nuclear, incluyendo el desmantelamiento y la destrucción en un plazo fijo de los arsenales existentes, es imprescindible. Durante la Guerra Fría las potencias nucleares justificaron el mantenimiento, la producción y el perfeccionamiento de las armas nucleares dentro del contexto de las consideraciones de seguridad “apabullantes”, pero la Guerra Fría ha terminado. En vez de dar pasos significativos para lograr el desarme nuclear, las potencias nucleares han decidido, en efecto, retener sus armas nucleares perennemente y han cambiado el enfoque de atención sobre la no-proliferación.

Ahora, por un momento, veamos la situación desde el punto de vista de la India. La India es el único país en el mundo que ha sido sometido a agresiones cuatro veces durante los últimos cincuenta años, tres veces por Pakistán y una por China. En 1996 solicitamos a las potencias nucleares garantías de seguridad, pero nos encontramos con un rechazo. Además, vimos la actitud de algunas grandes potencias nucleares durante la guerra librada en 1971 por una dictadura militar. Parte de esa guerra era una campada de genocidio en el cual dicho régimen militar masacró a casi tres millones de sus propios ciudadanos. Pero esas grandes potencias, frente a una democracia, apoyaron a Pakistán. Esa experiencia nos convenció de la necesidad de lograr la autosuficiencia por nuestra propia seguridad. La India realizó una explosión pacífica en 1974 para demostrar al mundo su capacidad nuclear y para aclarar que, pese a la falta de ayuda desde fuera, tendría la capacidad de hacerse cargo de su propia seguridad. También era para recordar al mundo, particularmente a las potencias nucleares, que dieran pasos significativos en el proceso del desarme nuclear. En lugar de una mejora, el ambiente de la seguridad empezó a deteriorarse aún más.

A comienzos de los años setenta la relación entre Pakistán y China ya era bastante estrecha y fuerte y desde entonces se ha convertido casi en una alianza militar estratégica. Aparte de los amplios suministros de armamento, China ha proporcionado gran ayuda técnica y material al programa pakistaní de desarrollo nuclear y misilístico y sin lugar a dudas China ha exportado a Pakistán misiles completos de largo alcance, capaces de llevar ojivas nucleares. Las agencias de inteligencia y los establecimientos castrenses occidentales conocen los pormenores de esa transacción. Por eso y sólo por eso Pakistán, cuya capacidad propia en el área nuclear y de misiles balísticos es limitada, pudo probar armas nucleares y misiles balísticos de largo alcance a los pocos días de las pruebas realizada por la India. Esas pruebas dan amplio testimonio, si es que hubo menester de testimonio, de la extensa ayuda prestada por China a Pakistán, en clara violación de los tratados y compromisos hechos por China.

La prueba hecha el 6 de abril de 1998 del misil Ghauri, capaz de llegar a cualquier parte de la India y las declaraciones pakistaníes de que el misil podía llevar ojivas nucleares, realmente hizo sonar las campanas de alarma. No carece de sentido el que Pakistán haya elegido denominar a sus misiles con nombres de invasores musulmanes que vinieron a la India en la Edad Media para robar y despojar y para sembrar la muerte y la destrucción. Este es un ejemplo elocuente de la mentalidad pakistaní.

Pese a que la extensión de Pakistán es una cuarta parte de la de la India, su PBI la octava y su población la séptima parte de la de India, Pakistán ha hecho del mantener la paridad militar con la India el principio cardinal de su polítrca, ignorando que la India tiene preocupaciones de seguridad más amplias y más profundas. Con la perspectiva de estas circunstancias adversas, la India no tuvo más opción que demostrar sus medios para su defensa propia y de ahí la necesidad de nuestras pruebas nucleares. Hacerse cargo de la seguridad propia es la obligación sagrada de todos los países.

Después de las pruebas, hemos expuesto las premisas básicas de nuestra doctrina nuclear, que se han puesto en conocimiento de las potencias nucleares en la continua serie de conversaciones:

— La India mantendrá un disuasivo nuclear mínimo y creíble. No obstante,

para asegurar que nuestro disuasivo sea avistado como creíble, adoptaremos y mantendremos una posición de despliegue que pueda sobrevivir. A este fin se mantendrán la entrega apropiada y la capacidad de segundo ataque en los niveles más bajos factibles.

— Hemos adoptado una doctrina de no ser los primeros atacantes. Hemos ofrecido esa declaración conjunta bilateral o multilateralmente a otras potencias nucleares, incluyendo a Pakistán. No utilizaremos armas nucleares contra estados no poseedores de armas nucleares.

— La India no se involucrará en una carrera armamentista; no nos interesa la paridad con Estados poseedores de armas nucleares.

— La India ha declarado una moratoria sobre pruebas nucleares adicionales y ha afirmado que está dispuesta a considerarlo y discutirlo para convertirlo en un compromiso de derecho.

— Ya estamos llevando a cabo negociaciones multilaterales sobre un tratado para prohibir la producción en el futuro de material físionable para armas nucleares.

— La India está comprometida con la no proliferación y hará, donde sea necesario, más estrictos y más actuales sus sistemas de control para la exportación.

— El mecanismo de control consistirá en un comando y sistema de control civiles, con dispositivos de segundad adecuados que sirvan en todo tipo de contingencias.

— La India seguirá trabajando por lograr su objetivo permanente de desarme nuclear completo y universal.

El tema de la política exterior de la India no puede darse por concluido sin hacer referencia a España. No deseo detenerme en la historia. Prefiero hablar de tiempos más contemporáneos. Existe un gran entendimiento y respeto entre los dos pueblos. Pero también hay divergencias de puntos de vista. Sin embargo, la divergencia en perspectivas no ha menoscabado la calidez y la amistad entre nuestros dos países. Nuestras relaciones culturales van desarrollándose muy satisfactoriamente. No obstante, no hemos llegado descubrir por completo nuestro potencial en este campo. Hay comunidad de intereses, particularmente en el campo económico. Los dos países han firmado un Acuerdo para Evitar el Doble Impuesto y un Acuerdo sobre Garantías de Inversión. Se ha establecido un limitado número de empresas conjuntas entre los dos países. En 1997 España celebró la Expotecnia en Nueva Delhi para fomentar el conocimiento del potencial de España. Numerosas empresas españolas han mostrado interés en la India y muchas de ellas ya se han instalado en la India.

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