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Religión

El rastro de Buddha (Hugh y Collen Gantzer)

EL RASTRO DE BUDDHA

Hugh y Colleen Gantzer

 

 

La autopista del estado de Uttar Pradesh se extendía a lo largo del espacio y del tiempo, entrelazando presente y pasado. El bungalow turístico en Kapilavastu quedaba a un lado de la autopista; en el otro, ruinas de ladrillos desparramadas entre la maleza del solar baldío, donde pastaba el ganado. Caminamos entre las mismas, pisando a tientas el terreno irregular. Había muros bajos cubiertos de tierra, que probablemente ocultaba ruinas antiguas; ladrillos desmembrados esparcidos por doquier. Las vacas alzaron sus cabezas, mirándonos fijamente con cierta cautela. Más abajo, asomaban excavaciones de estructuras mayores que fueron cercadas. Cerramos nuestros ojos y dejamos correr la imaginación. Las estructuras se transmutaron en ciudad, efervescente, festiva...

Las guirnaldas festonean los balcones, llenando el límpido aire sub-himalayo del aroma acre y dulce de los dorados claveles de Indias. La gente bordea las calles vitoreando el paso de su joven reina, Mahamaya, con fruición no disimulada. Protegida por su escolta, va en un palanquín encortinado que acarrean fornidos portadores de lomos descubiertos. Sus súbditos alborozados la visualizan para sus adentros: hermosa, resplandeciente y de vientre prominente, con su príncipe esperado. Tiene un largo viaje por delante hasta llegar al reino de su padre, de ahí que le deseen una jornada segura. Con marcha pausada, la procesión abandona Kapilavastu, capital del principado de Sakya.

Una señal azul y blanca en la autopista estatal indica la dirección a Lumbini. Conducimos dejando atrás parcelas de caña de azúcar, parrales de melones amargos sostenidos por palos y cuerdas, y grandes plantaciones de mangos cultivados con pulcritud. No había mucho tránsito en la carretera hasta que alcanzamos Sonauli, a un kilómetro de la frontera nepalí. Las montañas se elevaban entre la calima, azuladas en la distancia. La policía de fronteras nepalí revisó nuestros documentos de identidad y, tras una breve pausa, nos hicieron seña de que pasáramos. La procesión real de Mahamaya debió atravesar por este camino, pero nunca llegó a destino.

La joven reina siente las contracciones de parto. Sus sirvientes levantan campamento apresuradamente. La reina da a luz a su hijo, apoyándose entre dos árboles.

Sucedió en una arboleda de Lumbini. Un petroglifo en Lumbini indica el lugar de la natividad.

Las amplias calles de Lumbini corren a través de ramblas de árboles en flor, espesuras de bambú y nenúfares. El entorno de bosque frondoso, al pie de los gigantescos Himalayas, sigue intacto. Pero por todas partes se levantan templos, que capturan la arquitectura de las muchas tierras donde la gente venera esta lugar sagrado: India, Myanmar, Bután, Nepal, China... El bosque sagrado es el sitio más reverenciado de Lumbini. Según la tradición, aquí fue donde nació el príncipe. Puskarni, el estanque con escalinatas en el que Mahamaya se bañó antes de dar a luz a su hijo, está a poca distancia, ribeteado con festones de banderas de plegaria libelarías.

A pesar de estar debilitada por la fatiga del arduo viaje, y el nacimiento de su hijo en pleno bosque, la joven madre insiste en regresar a Kapilavastu. Pero es demasiado suplicio para ella. Fallecerá en Kapilavaslu una semana después de confiar el bebé a los brazos de su hermana Gaulami. El príncipe infante recibe el nombre de Gaulama, como el de su madre adoptiva. Cuando un sabio predice que dejará su reino para «disipar la oscuridad de las falsas ilusiones», se le dará el nombre de Siddhartha — aquél quien ha cumplido con su cometido. Y el consuma su destino. Se esposa, engendra un hijo y a los 29 años, abandona la corte para descubrir por qué razón la humanidad sufre, envejece y muere.

Nadie sabe por dónde erró Gaulama Siddhartha hasta sus 36 años, de modo que no podemos seguir su tortuoso periplo en búsqueda de la verdad. Pero lo que sí sabemos es que un día se sentó bajo las ramas de una sagrada ficus religiosa y ahí descubrió y profundizó en su percepción de la ley de la causalidad— el deseo humano es causa de la miseria humana. En la actualidad el lugar donde se iluminó se llama Bodh Gaya. Aquí, el en otro tiempo príncipe Gautama Siddhartha se convirtió en un ser iluminado: Buddha.

Bodh Gaya, ciudad de templos resplandecientes, transpira una atmósfera de profunda santidad. El sonido de los cantos, las oraciones y las campanas de los templos domina el ambiente. Tal como en el resto de ciudades de peregrinación a lo largo y ancho del mundo, brotan puestos donde se comercia con la religión, pero la imponente estatura del gran templo Mahabodhi, las candelas de manteca, las riadas de postrados devotos en oración, proferida en un sinfín de lenguas, y el magnetismo del árbol Bodhi, imbuyen hasta la más patética actividad comercial de un aura sutil de espiritualidad. Es un ferviente y mulante caleidoscopio religioso que debe experimentarse para ser creído. Pero cuando Buddha hollaba la tierra no había más que bosque.

Comprendiendo, tras un exceso de introspección, que no podía quedarse para sí su revelación, Buddha viaja a Benarés, baluarte de solera de la filosofía y aprendizaje hinduista. Cree que las mentes de la gente de esta ciudad sagrada proveerán el más fértil de los suelos para la siembra de sus enseñanzas. A poca distancia de las afueras de la antigua Benarés, entra en el parque de los ciervos y con poca gente a su alrededor, da a conocer su mensaje por primera vez.

La religión denominada budismo tuvo su origen en este lugar, ahora conocido como Sarnath.

De amable y natural serenidad, Sarnath es encantadora. Las ruinas de muchos monasterios y relicarios tachonan sus arboledas y prados. Los monjes y otros devotos de túnicas de color azafrán, amarillo, gris, negro,  marrón y fresa pasean con lentitud y reverencia. Hoy en día, ninguno de los monumentos es templo activo; a la orilla del perímetro externo del cerco construido por el Instituto Arqueológico de India (ASI, por sus siglas en inglés) se levanta un impresionante templo de Sri Lanka. En el interior del espacio protegido por el ASI, en el sitio donde Buddha difundió su mensaje por primera vez, se halla la grandiosa Dhamek Stupa. Tiene 42 metros de altura y el diámetro de su base es de 28,5 metros.

Desde este núcleo, hace 26 siglos, el mensaje de tolerancia y gentileza que Buddha dio a conocer prendió como el fuego de un incendio entre gente desilusionada por el lastre de un exagerado ritualismo y afán prohibicionista. Y lo que es más importante, Buddha predicó con el ejemplo. Recorrió todo el norte de India como mendigo, aceptando la comida que le ofreciesen, con independencia de la casta o la clase social de quien le diese alimento. Durante el monzón, paraba en el hogar de alguno de sus muchos seguidores, tal como recomendaba que hiciesen sus discípulos.

Visitamos Sravasti, antigua ciudad comercial, ahora dividida en las áreas monásticas abandonadas de Saheth y Maheth. Ya no hay comunidades que vivan ahí. Sin embargo, aún atraen budistas devotos, ya que ambas se asocian con una serie de milagros atribuidos a Buddha.

Otra localidad agraciada con el paso de Buddha es Kaushambi. En aquellos días remotos, era una de las ciudades más importantes de India. El antiguo barrio residencial, con un pilar de Ashoka en su centro, queda claramente demarcado de la zona portuaria ribereña, en la que hay muelles y almacenes construidos a ladrillo. La zona donde estaban los monasterios y palacios también se puede distinguir con facilidad. Se tiene por cierto que aquí Buddha se detuvo a descansar en el monasterio Ghositarama.

A pesar de sus prescriptivos periodos descanso, la una vez impecable presencia física de Buddha mostraba signos de decaimiento. A medida que se acerca a los ochenta años sabe que su final se está aproximando. Emprende su último viaje. Su marcha es dolorosa, comparte almuerzo con un herrero, Chunda, y cae gravemente enfermo. Le pide a Ananda, su amado discípulo, que le prepare un lecho entre dos árboles, bendice a su último adepto y pronuncia su sermón final. Luego cierra sus ojos, entra en estado de meditación, que los budistas conocen como parinirvana, y su ser consciente abandona este mundo.

El nombre del lugar de su descanso final es Kushinagar.

Dado que el budismo declinó en el lugar de su origen, la localidad de Kushinagar quedó en el olvido. En la actualidad, gracias al trabajo dedicado de los arqueólogos, Kushinagar goza de nueva vida— una verde avenida de parque y espacios abiertos en torno a monumentos antiguos y templos budistas modernos. La ermita Matha Kuar, de una sola cámara contiene una bella imagen de Buddha. Aparentemente pasó muchos años encima de un montículo. Es indudable que en Kushinagar queda mucho por excavar. Tal como están las cosas hoy en día, el conjunto más importante de monumentos se agrupa alrededor del relicario principal, supuestamente el sitio de la cremación de Buddha. Frente al mismo está el nuevo templo Mahaparinirvan, en el que hay una estatua de 6,1 metros de longitud de Buddha en posición reclinada. Si observamos el rostro de la estatua desde sus pies, no tiene expresividad alguna; visto desde la cintura, adquiere un aire contemplativo; de cerca sonríe con gentileza. ¿Es un milagro? Para nada.

Buddha creía que sus congéneres humanos podían lograr todo lo que se propusieran si su intento era puro de corazón y mente. La estatua lo transmite a la perfección con la convincente y dócil persuasión del budismo.

 12/12/2021





 

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